España - Internet es para lo bueno y para lo malo probablemente el elemento más transformador en la historia de la humanidad.En muy poco tiempo se ha vuelto imprescindible y nadie puede obviar su utilización. Su potencial de desarrollo se avista sin límites.
En la red cabe todo, desde una descomunal fórmula de comunicación a cuestiones tan interesantes como es la enciclopedia Wikipedia, que se ha constituido en la principal web mundial de referencia y consulta, la mayor de la historia, con trece millones de contestaciones en 260 idiomas, con una paternidad múltiple de 75.000 voluntarios, ciudadanos de todo el mundo. Pero con todo lo más sorprendente es su capacidad de innovación, de reinventarse, de lo que pueden servirnos de ejemplo las redes sociales, por las que navegan miles, a los que ha cambiado su forma de relación.
Pero la red es mucho más que un sistema de transmisión o una enciclopedia. Es un espacio universal y democrático que potencia la libertad y el entendimiento, solo constreñido por la censura de algunos países. Su labor es impagable e imparable.
En el lado opuesto, Internet posibilita una amplia autopista para lo peor; de la red se aprovechan los protagonistas del crimen organizado o los que difunden la pornografía infantil o cualquiera que quiere permanecer oculto. Cada día son más los delitos que se posibilitan a través del sistema: la entrada en las cuentas corrientes, vaciándolas, o la utilización de pobres incautos a los que se usa de recepcionistas de dinero ajeno y que transmiten el mismo, a la búsqueda de la pérdida del rastro a cambio de una apetecible comisión, son práctica habitual. A veces la red parece la cueva de Alí Babá.
En el ámbito de lo peor lo que urge es conocer ese peor. A través de Internet se originan novedosos comportamientos sociales que a velocidad de vértigo trastocan las costumbres y los hábitos de la sociedad y cuyo alcance no es dable de conocer, o al menos lo parece. Sirvan de ejemplo dos fenómenos sociales. El primero son las apuestas. A través de la red los jóvenes, espoleados por empresas ignotas, que tienen su sede mayoritariamente en paraísos fiscales, lo apuestan todo, pero nadie sabe quiénes son los urdidores, ni los apostantes compulsivos, ni adónde llega esa gran trama que se ha convertido en un juego de envite.
Todo opaco. Aún más opaco y peligroso es el juego de las cartas, el póker, que ha comenzado en un día indeterminado y aún no ha parado.
Son miles, o cientos de miles, los jóvenes que participan en una gran partida en la que se han convertido las miles de mesas de juego. Para no pocos participantes el día, los días, son una razón para el juego. Muchos es posible que estén cayendo en las panales de la ludopatía, sin enterarse y sin enterarnos; sin saber ni cuántos son, ni cuánto juegan, ni cuánto pierden ni quién está detrás, ni si ese casino tiene limitación de edad para entrar. «Debiera haberme retirado entonces, pero en mí surgió una extraña sensación? una especie de reto a la suerte? apunté con la apuesta más grande permitida y perdí? saqué todo lo que me quedaba y volví a perder? ». Él era Dostoyevski, jugó, y cayó en el infierno de la ruleta, en el infierno del juego, y como todos sin enterarse.
Fuente: lavozdegalicia

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