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domingo, 13 de diciembre de 2009

Gardel y su pasión deportiva

Argentina - En la semana del Tango, es una buena ocasión para descubrir otros aspectos de la vida del "Zorzal criollo": su pasión por el turf, el boxeo, el Racing Club de Avellaneda y la pelota vasca.
Más allá del cantante de tango, de su mito y los interrogantes sobre su origen, detrás de Carlos Gardel se puede encontrar a un personaje que estuvo ampliamente vinculado al deporte.
La figura legendaria del "Zorzal Criollo", como lo denominaron a este carismático cantante, nacido el 11 de noviembre de 1890 en Toulouse (Francia) y muerto en Medellín (Colombia) el 24 de junio de 1935, cuenta entre sus facetas a un apasionado por varios deportes, aunque fue el turf con el que fue más, fundamentalmente por el tango “Por una cabeza”.
Podría decirse que era más que un aficionado al turf, en realidad era fanático. Fue amigo de Irineo Leguisamo y dueño de varios caballos. También le gustaba el boxeo, el fútbol (era simpatizante de Racing Club), le gustaba jugar pelota vasca, la natación y hacer aerobismo.
En este recuerdo se intenta rescatar algunas de sus historias vinculadas al deporte.
El turf
Una de las mayores pasiones de Carlos Gardel sin dudar fueron los caballos y las carreras, las que vivió desde adolescente con gran emoción. Muchos cuentan que perdió varias fortunas en distintos hipódromos del mundo. El Hipódromo Argentino era la segunda casa de Gardel, al que asistía todos los domingos.
Fue propietario de varios caballos, pero en Buenos Aires tuvo a uno que fue para él especial: Lunático, un alazán tostado, al que le gustaba acariciar y ofrecerle azúcar.
Tal era la relación que lo unía a este alazán que cuando el caballo estaba inquieto, el cuidador lo llamaba por teléfono a Gardel para que éste viniera y le cantara hasta que el caballo se tranquilizara.
Entre las cosas importantes que cosechó en las dos orillas del Río de La Plata fue la amistad de numerosos amigos, entre ellos la del jockey uruguayo Irineo Leguisamo.
A “Legui” lo conoció en Montevideo, y cuando el jockey llegó a Buenos Aires en 1922 se hicieron grandes amigos, y solían jugar juntos al tute o al truco.
"Era como mi hermano. Era el único que me llamaba Mono, aunque sabía que a mí me molestaba. Cuando lo hacía, yo lo llamaba Romualdo, para que engranara. Ese era su segundo nombre, y no quería que nadie se lo mencionara", contó Legui, en su libro.
Su pasión por el hipódromo lo llevó a comparar en 1925 a Lunático que le dio algunas satisfacciones, casi siempre montado por Irineo Leguisamo. Tiempo después adquiriría otros caballos de carrera: Cancionero, La Pastora, Amargura, Explotó, Guitarrista, Wizzard y Theresa.
Gardel fue propietario de dos studs: "Las guitarras", en sociedad con José Razzano y "Gardel C".
Muchos tangos y milongas burreros cantó y grabó Gardel, entre ellos: “La catedrática”, “Preparate pa’l domingo”, “Paquetín paquetón”, “Bajo Belgrano”, “Palermo”, “Polvorín”, “Canchero”, “Uno y uno”, “Pan comido”, “Soy una fiera” y “Por una cabeza”, que adquirió fama mundial a partir de su inclusión en la película “Perfume de mujer”.
Las carreras de caballos le dieron a Carlos Gardel grandes emociones, alegrías y también broncas, ya que tuvo varios quebrantos financieros.
Gardel opinaba riéndose “fui víctima de las mujeres ligeras y de los caballos lentos”.
El boxeo
Sabido su preferencia por el turf, no pudo escaparle, como era de suponer, a dos de los deportes más populares de la época: el boxeo y el fútbol, donde siempre encontraba el espacio para encontrarse o relacionarse con ídolos.
En el boxeo tuvo en Nicolás Preziosa a un gran amigo. Este era un italiano llegado desde Bari, de muy pequeño a Argentina, que había jugado al fútbol y practicado el deporte de los puños en el Boxing Club Buenos Aires (ubicado en Sarmiento y Cerrito) y en el Círculo Policial. Tuvo que dejar el fútbol cuando tenía 18 años (jugaba en Estudiantes de Buenos Aires) al sufrir una fractura en su pierna y al poco tiempo consiguió la licencia para trabajar como segundo de boxeo, dirigiendo luego la última etapa de Luis Angel Firpo, hasta José María Gatica o Andrés Selpa, entre tantos otros.
Gardel era amigo de Pepe Lectoure -el tío de Tito- de Enrique Sobral (fue durante muchos años masajista de Boca), de Luis Angel Firpo y de Eduardo Ramos Oromí, que fue uno de los mejores jurados de su época.
Habitualmente se acercaba a los gimnasios de boxeo, en particular a la Asociación Nacional y el de Laiglón. En el primero entrenaba Luis Angel Firpo, en el segundo el uruguayo Angel Rodríguez, Gardel era amigo de ambos y los admiraba, como admiraba también a Justo Suárez, a Luis Galtieri, Luis Rayo y Vicente Ostuni.
El fútbol
Cuentan que cuando Carlos Gardel llegó al Centro nació su simpatía por Racing Club. Fue en 1914, cuando cantaba a dúo con José Razzano y eran el número de atracción de la compañía teatral de Elías Alippi y Francisco Ducasse. El debut en el Teatro El Nacional, con una obra de género libre titulada El Paraíso.
Gardel se hizo muy amigo del “Flaco” Alippi que era fanático hincha de Racing, el campeón del año 1913. Cuando llegó el momento de ir a la cancha (la vieja de tablones), se les sumaba a ellos Nicolás Preziosa, también hincha de los “albicelestes”.
Uno de los guitarristas de Gardel era Guillermo Barbieri, fanático de Huracán. Es por eso que a sus ensayos iban varios jugadores del equipo de Parque de los Patricios, entre ellos Juan Scurzoni (capitán en la década del ‘20), Guillermo “El filtrador” Stábile y el “Negro” Prato. Gardel llegó a cantar en el vestuario de Huracán previo a un partido ante Boca.
Gardel admiraba a muchos jugadores, entre ellos a Pedro Ochoa, insider de Racing, también por Raimundo "Mumo" Orsi, el wing de Independiente, a quien le dijo varias veces "¡Largá al rojo, Mumito. Largá al rojo y venite a Racing!
En Uruguay, Gardel era hincha de Nacional y en su paso por España se hizo hincha de Barcelona, donde fue muy amigo de José Samitier, también de Ricardo Zamora, y de casi todos los jugadores del equipo catalán.
Son conocidas las anécdotas que cuentan que cuando las selecciones de Argentina y Uruguay jugaron la final de los Juegos Olímpicos de Amsterdam 1928, cantó para ambos equipos en un cabaret de París. Lo mismo sucedió previo a la final del Mundial 1930 en Montevideo, donde visitó ambas concentraciones.
Otros deportes
No hay mayores datos de si jugó de pibe el fútbol, pero si se conoce que de grande hizo deportes por necesidad. A Gardel no le gustaba privarse de las comidas y tenía tendencia a engordar.
Por ese motivo salía a “trotar” como él lo definía, lo que en la práctica se denomina aerobismo. Lo hacía en short y remera por las veredas, y sus ocasionales acompañantes eran José González Castillo, el padre de Cátulo, Héctor Quiroga y Julio Scarcella.
La tendencia a engordar lo hizo someter a clases diarias de gimnasia. En 1916 llegó a pesar 118 kilos, aunque entre 1928 y 1933 se estabilizó en 76.
Además de practicar gimnasia en su casa, asistió durante años a la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA o Young Men) de la que fue asociado desde 1920 hasta 1925.
A Gardel le gustaba jugar a la pelota vasca, en particular la especialidad mano (se juega a mano limpia pegando con el puño cerrado con una pelota de goma), lo hacía en la mencionada YMCA, pero también en un frontón que estaba ubicado en Anchorena y Rivadavia. Muchos aseguran que era muy bueno.
Como distracción, a Gardel le gustaba jugar a las bochas y solía frecuentar una cancha que tenía la cantina Chanta Cuatro y a otra que estaba en Billinghurst y Tucumán de la Capital Federal.
Para las clases de gimnasia usaba mamelucos de cuello alto, que le cubrían hasta el mentón y usaba una faja de lana que le ayudaba a absorber la transpiración. Aún en plena exigencia física Carlos Gardel mantenía su buen sentido del humor y hacía bromas.
Hay datos que aseguran que también le gustaba practicar natación y que era un gran caminador, donde tenía una gran resistencia.
El Diario - Gustavo Ferradans

martes, 3 de marzo de 2009

El salchichero ruletero

España - Hoy os voy contar una de esas historias de la vieja escuela con una mezcla de lo más extraña: un salchichero alemán, una ruleta trucada y el Casino de Perelada.
El día que saltó la banca en Perelada
Así rezaba un artículo que publicaba el periódico El País en 1984, y sin duda, una de las historias reales más bizarras que he leído jamás. Para aquellos que ya pasen de la treintena como servidor, cierren los ojos y pongan de fondo música de Los Pecos, para ir entrando en situación. ¡Eh! ¡Un momento! ¡Ábranlos para poder seguir leyendo! Imaginen un país de pandereta, más que ahora si cabe, el ambientillo de las películas de Pajares y Esteso (Los Bingueros no está nada mal, pero mi favorita es aquella en que Pajares hace de hombre elefante, la de Los Liantes), con una sociedad recién salida de una transición y muchas ganas de comerse el mundo. Los que lo vivieron, ya están situados, los que no, que hagan memoria de las reposiciones de Verano Azul para ir entrando en ambiente.
Estamos en el Casino de Peralada, es el 6 de junio de 1980, y un alemán, Bern Gerhard Weber, entra dispuesto a comerse el mundo. Tiene un maletín con una cantidad de dinero enorme para la época, 1.200.000 pesetas, algo más de 7.000 euros al cambio actual. Para que los más jóvenes os hagais una idea de la magnitud de dinero que suponía, a falta de burbuja inmobiliaria, era más que suficiente para comprarse un apartamento en la playa o una vivienda en una gran ciudad. El señor Bern no era ningún profesional del juego: es vendedor de salchichas y de pintura en spray para coches en su Alemania natal, así que ese montón de dinero no es muy propio para una persona de su posición, por mucho que la diferencias económicas entre España y Alemania en aquel momento eran enormes. Pero en un casino, si tienes dinero, nadie te preguntará de dónde lo has sacado, a qué te dedicas, o repararán si vas mejor o peor vestido, están allí para hacer negocio.
El señor Bern cambia su millón y pico de pesetas en fichas, y se pone a apostar a la ruleta. Pero no lo hace de una manera convencional: de manera automática, se dedica a apostar únicamente los números que van del 13 al 18. Tras pequeños altibajos en al principio, empieza a ganar, y gana una vez tras otra. Los responsables de la sala se ponen nerviosos, porque la manera de jugar no es nada habitual, con las horas lo gana de manera constante, y unas cifras astronómicas para la época: entrando ya en la madrugada del día 7 de junio, el dicharachero vendedor de salchichas ha ganado ya más de 22 millones de pesetas, más de 130.000 euros de hoy en día.
A lo mejor tuvo una visión mientras se comía un Frankfurt o un Grobe, o a lo mejor tuvo algo de "ayuda" externa por parte de un par de amigos suyos, Erich Friedrich Rettweiller y Anton Alois Winkelhofer. El caso es que por el casino estaban el inspector de juego Auguste Botteau, y el inspector de la Brigada de juego José Luís Núñez, que asistían atónitos al espectáculo que estaba dando el salchichero germano. Inmediatamente, José Luís Núñez llamó al Casino de Sant Pere de Ribes, donde se encontraba su compañero Felipe Román Crespo para explicarle lo que pasaba y pedirle consejo. El señor Crespo había estado hacía poco en Francia, recibiendo entrenamiento especializado por parte de la policía de aquel país para la detección de fraudes en el ámbito del juego.
En cuanto Núñez le explicó lo que ocurría, Crespo en seguida sospechó que el jugador estaba empleando un trucaje denominado "sistema del ingeniero Granec" (Valadimir Granec fue un jugador checo de ruleta, que se estima que ganó de 10 a 50 millones de dólares usando su propio "método", que consiste en aflojar los tornillos de los números en cuestión, lo que hace aumentar la probabilidad de ganar de un 2.70% a un 10%) . Le dijo a Núñez que comprobase el cilindro de la ruleta con una moneda de 50 pesetas (tecnología de última generación de la época, como podéis observar) y que observase si alguna de las aletas de la misma se movía.
Así que raudo y veloz, Núñez se dirigió al director del casino en aquellas fechas, Manuel Olivier, para que cerrase aquella mesa y así efectuar las comprobaciones que le había aconsejado su colega, pero sorprendentemente, el señor Olivier se negó.
Pasan las horas, y sobre las 4 de la madrugada, los croupieres cierran la mesa con absoluta normalidad, pero a la hora de cobrar, ay, el señor Bern, se queda sin cobrar. El casino se cierra en banda, y se niega a pagarle, alegando que han detectado irregularidades en su juego. Y es entonces que se lía la marimorena. Le dicen que van a inspeccionar la ruleta para verificar posibles irregularidades, y el señor Bern exige estar presente en dicha inspección. El director del casino no se lo permite, y es entonces que Núñez y el personal del casino inspeccionan la ruleta. Alegadamente, las cavidades correspondientes a los números a los que apostaba el cliente, 13, 14, 15, 16, 17 y 18 se movían al tacto, cosa bastante extraña. Bern y sus amigos son denunciados por estafa, y el día 28 del mismo mes el Juez de Instrucción del caso se presenta allí, comprobando también esta irregularidad.
Pero hete aquí que estamos en un país de pandereta (recordad que os teníais que poner en antecedentes con las películas de Pajares y Esteso), y las contradicciones entre los propios inspectores de juego, policía y empleados de casino en sus declaracions (al parecer llegó a personarse incluso personal y el mismísimo inspector del Casino de Lloret de Mar, un tal López, me pregunto si conocido de Los Pelayos), hacen que el tema se líe de una manera espectacular. Con las dudas razonables de Bern acerca de su inocencia al no estar presente cuando inspeccionaron la ruleta, las contradicciones entre los propios policías y personal de casino acerca de cómo precintaron la ruleta, hicieron que el asunto quedara muy en el aire, tanto, que no fue hasta pasados 4 años, en 1984 que la Audiencia Provincial de Girona pidió al Casino de Girona que depositase los 22 millones de pesetas como prueba de la estafa para continuar con las diligencias.
Y siguieron pasando los años, y fue en el mes de julio de 1987 que por fín salió una sentencia y más información de lo más jugosa al respecto. La sentencia fue condenatoria para nuestro amigo el salchichero: 2 años y 4 meses de prisión. Vaya, ¿y qué fue lo que pasó? Pues las investigaciones dieron un fruto de lo más sorprendente: parece ser que el salchichero estuvo con sus dos amigos en los madriles, concretamente en el Hotel Altana, donde al parecer estuvieron urdiendo su plan, a finales de Mayo de 1980. Quizá jugaron en Madrid, o quizá tan sólo lo intentaron y vieron que no había posibilidad, el caso es que unos días más tarde se trasladaron a la Costa Brava, y precisamente un día antes de la famosa noche, el día 5 de junio, fueron al Casino de Perelada y pidieron jugar a la ruleta en una sala privada, exactamente la número 7. Al estar ocupada, se marchó del casino con sus amigos, volviendo al día siguiente y pidiendo jugar en la sala privada número 7, que ese día sí estaba libre. Empezó apostando a los números que van de 14 al 20, y al empezar a perder en esas primeras jugadas, cambió los números, apostando sólo del 13 al 18. Y fue entonces cuando en poco más de 5 horas multiplicó su inversión inicial por 22.
¿Y qué ocurrió con los amiguitos del señor salchichas? Pues que nunca más se supo, se quedaron en busca y captura, y si te he visto, no me acuerdo. Al parecer, la Interpol reconoció a uno de los amiguitos como un especialista en trucaje de ruletas de ámbito internacional, pero la gran incógnita es: ¿cómo lo hicieron? ¿Cómo alguien ajeno al casino tuvo acceso a una ruleta para manipularla? ¿Le ayudó alguien desde dentro? Desgraciadamente eso es algo que nunca sabremos ya, han pasado más de 20 años desde la sentencia y casi 30 desde que ocurrió, aunque, quién sabe, quizá alguien esté ahora mismo contando como anécdota aquella noche que hizo saltar la banca del Casino de Perelada.
Fuente: Trallero Reiser - pokernews

jueves, 20 de noviembre de 2008

Una historia del juego

España - El hombre es animal ludópata por naturaleza. Eso ya lo sabían los griegos de la Antigüedad (de donde viene casi todo), los cuales se gastaban los dracmas apostando a la belleza de los efebos y a la fuerza y velocidad de los atletas en el Estadio, cuando no en partidas de tabas en la sobremesa de los banquetes.
El juego le va en la sangre al género humano porque el juego significa siempre un reto contra algo o alguien y es una forma más de progresión social, otra forma de distinción animal del individuo frente a otros de su misma especie. Hablamos, por ejemplo, de aquellos cuya profesión consiste en jugar con dinero, invirtiendo aquí y vendiendo allá. Los inversores en Bolsa, sin ir más lejos, juegan diariamente a la lotería de los valores y las acciones. Las grandes Bolsas del mundo están llenas de ludópatas. La Bolsa es ese gran bingo para pijos engominados que se creen Michael Douglas en Wall Street, paradigma cinematográfico de la cosa bursátil. Pero los griegos de antes ya jugaban a la Bolsa (de hecho son sus inventores), tenían su propio parqué en las plazas de las grandes ciudades como Atenas, en donde se jugaba a la Deigma, una Bolsa mercantil en la que comerciantes de distinta procedencia negociaban mercancías variadas con diversa fortuna. Pero el precedente más claro de la Bolsa de Valores es la Basílica romana que aparece unida a la actividad de los publicani, individuos que en la antigua Roma controlaban la recaudación de impuestos y la gestión de la mayoría de las empresas públicas. Para conseguir los fondos necesarios, los publicani constituyeron grandes sociedades con capital dividido en acciones o partes que se negociaban en la Basílica, dando lugar a un claro antecedente de la Bolsa Moderna. Luego vendrían las Lonjas medievales y demás adefesios, hasta llegar al nipón Nikkei.
Pero no hay que subir tan alto ni ir tan lejos para demostrar que, de una u otra forma, el juego nos posee. Quien más quien menos echa cada semana su primitiva, su bonoloto, su cuponcito o la quinielita. Quien más quien menos se juega el disponible extra en fechas tan señaladas como la Navidad. Quien más quien menos (más del sesenta por ciento de la población) juega a las compras de crédito, una apuesta en la que siempre se termina perdiendo (a plazos, pero perdiendo). Quien más quien menos tiene su hipoteca en vigor cosechando ganancias a terceros. Pero lo último en ludopatía son los casinos por Internet. Algunas sociedades de ludópatas anónimos han puesto el grito en el cielo por este asunto. Yo también lo pongo: estoy harto de entrar en una página web y que me salga el dichoso anuncio de un fulano que ha descubierto el método infalible para ganar a la ruleta en los casinos digitales. Que se lo monte él solito y nos deje a los demás tranquilos con nuestro bobalicón cuponcito.
Fuente: laopinion

lunes, 3 de noviembre de 2008

Punto Perdido

México - Un hombre y su mujer viajaron hasta el otro extremo del país para visitar a unos amigos, quienes los llevaron a presenciar unas carreras de caballos.
Fascinados por el espectáculo de los caballos persiguiéndose mutuamente alrededor de una pista, estuvieron toda la tarde apostando hasta que no les quedó más que un par de dólares.
Al día siguiente, el hombre convenció a su mujer para que le permitiera ir solo al hipódromo. En la primera carrera participaba un caballo cuya cotización era de cincuenta a uno. Apostó por él y ganó.
En la siguiente carrera apostó por otro penco todo lo que había ganado, y volvió a ganar. Estuvo repitiendo la misma jugada toda la tarde y acabó ganando cincuenta y siete mil dólares.
De regreso a casa, pasó por delante de un garito. Una voz interior, la misma que creía él que le había guiado en su elección de los caballos, pareció decirle: "Párate y entra ahí". De modo que se paró, entró y se vio frente a una ruleta. La voz dijo: "Número Trece". El Hombre puso sus cincuenta y siete mil dólares al número trece. Giró la ruleta y el "croupier" anunció "¡NUMERO CATORCE".
De modo que el hombre se fue andando a casa con los bolsillos vacíos. Al llegar, su mujer, que estaba en el porche, le preguntó "¿Qué tal te ha ido?"
El marido se encogió de hombros y dijo: "HE PERDIDO LOS DOS DOLARES QUE LLEVABA".
NUNCA PERDERÁS MAS DE LO QUE NO LLEVABAS, INDEPENDIENTEMENTE DE LO QUE PUEDAS PERDER.
Fuente: elredactor.net

lunes, 20 de octubre de 2008

Frank Rosenthal, rey de las apuestas en Las Vegas

USA - Frank Lefty Rosenthal, el jugador y mafioso al que Robert de Niro interpretó en la película Casino, de Martin Scorsese, falleció el pasado 13 de octubre en Miami.
Tenía 79 años y había vivido en Florida durante las últimas dos décadas, aunque en cierto modo había sido una segunda vida, puesto que en 1982 sufrió un intento de asesinato en Las Vegas del que se salvó de forma casi milagrosa: su coche voló por los aires a las puertas de un restaurante, pero Lefty sobrevivió a la explosión. No obstante, captó el mensaje y prefirió abandonar aquella ciudad.
Había pasado 14 años en la capital del juego y la prostitución dirigiendo para la mafia un pequeño imperio de cuatro casinos, aunque en realidad su posición era una simple tapadera para los negocios sucios de otros como Allen Glick, propietario del Stardust Hotel and Casino, a quien no le hacía ninguna gracia recibir órdenes de Rosenthal. Según recuerda Nicholas Pileggi, autor del libro Casino en el que se basó el filme de Scorsese, Glick un día le dijo: "Si interfieres con alguna de las operaciones o complicas lo que yo hago, te aseguro que nunca abandonarás esta empresa vivo".
Su carácter ególatra y obsesivo no ayudó a sus relaciones con la mafia, pese a que gracias a él encontraron otra forma de ganar dinero: las apuestas. Antes de la llegada de Rosenthal a Las Vegas, ningún hotel ofrecía la posibilidad de apostar a las carreras de caballos. Pero él, que había crecido precisamente entre corredores de apuestas en Chicago y que conocía bien aquel negocio -fue así como se hizo camino entre gánsteres-, creó cómodas salas con decenas de televisores para que la gente pudiera apostar desde el Stardust Hotel.
Había nacido en Chicago en 1929. Aprendió a apostar en los estadios de béisbol y tenía un don para las matemáticas: era capaz de hacer todo tipo de cálculos mentalmente. Recibió el apodo de Lefty por ser zurdo. Mientras estuvo en Las Vegas, se convirtió en un hombre poderoso del que se decía que tenía más de 200 pares de pantalones y al que le gustaba codearse con Frank Sinatra u O. J. Simpson. Pero su perdición, como ocurre en más de una película de mafiosos, fueron las mujeres. Se casó con Geri McGee, aunque su matrimonio fue problemático y cargado de infidelidades por ambas partes. En 1980 se separaron y, pocas semanas después del intento de asesinato de Rosenthal, su ex mujer falleció de un misterioso colapso.
Fuente: elpais.com

domingo, 31 de agosto de 2008

El azar y nuestras vidas

España - El terrible accidente, de hace unos días, en el aeropuerto de Madrid Barajas, ha sido motivo para una reflexión sobre el azar. Hubo quien salvó la vida por que llegó tarde y no le dejaron entrar en el avión, que despegaría algún tiempo después. Y ¿qué es el azar?
Recientemente se ha publicado un libro con un título provocativo, “El andar del borracho. Cómo el azar gobierna nuestra vidas”. Lo ha escrito un físico por la universidad de California en Berkeley, Leonard Mlodinow. Se intenta explicar o, al menos, reflexionar sobre el azar.
Un noble, Antoline Gonbaud, cuyo título aristocrático era chevalier de Méré aficionado a juegos con apuestas fuertes, buscó la ayuda de Pascal para saber cómo ganar. Y Pascal inició el estudio de azar. De ahí surgió el cálculo de probabilidades, que es una rama del conjunto de las ciencias matemáticas.
El primer tratado importante sobre la probabilidad fue escrito por el matemático suizo Jacobo Bernouilli y publicado póstumamente en 1713. Llevaba por título “El arte de la conjetura”. Pero el gran libro sobre estas cuestiones fue la “Teoría analítica de las probabilidades” , escrito en 1812 por el astrónomo y matemático francés Pierre Laplace.
A partir de mediados del siglo XIX, el estudio sobre la probabilidad se inclinó cada vez más hacia el concepto estadístico. Representantes de esta evolución fueron, en Alemania Richard von Mises y Hans Reichenbach y en Inglaterra Robert Aylmer Fischer. Y el gran economista británico John Maynard Keynes escribió en 1921 un “Tratado de la probabilidad”. Ante esta situación una de las figuras m ás importantes de la escuela filosófica del empirismo lógico, Rudolf Carnap, escribió que Bernouilli, Laplace y sus seguidores “pretendían lograr una teoría de la probabilidad inductiva que, una vez desarrollada por completo, proporcionase los medios de evaluar la aceptabilidad de afirmaciones hipotéticas en cualquier campo de la investigación y en las decisiones racionales relativas a los asuntos de la vida práctica".
"Hay que decir que entre su ambicioso objetivo y sus logros reales mediaba un buen trecho. En el marco de la sobria atmósfera cultural de finales del siglo XIX y principios del XX, su idea fue descartada como una utopía. Sin embargo, hoy día no faltan quienes creen que estos precursores no eran unos simples soñadores”.
Estas reflexiones llevaron a Graunt y a su amigo William Petty a fundar la estadística. Estudiaron la probabilidad Cardano, que era médico, Fermat, que era jurista, pero Graunt no era más que un vendedor de artículos de mercería.
En cierta línea, a Petty se le considera también el precursor de la economía clásica. No hay que olvidar la figura del belga Adolphe Quetelet que recolectó y analizó, por primera vez, una serie de datos demográficos, centrándose en los registros de actividad criminal, que el Gobierno francés empezó a publicar en 1827.Se dio cuenta de que el número de asesinatos eran relativamente constante. Descubrió otra serie de 'pretendidas regularidades'.
Los procesos aleatorios son fundamentales en la naturaleza, pero la mente humana funciona de tal modo que necesita identificar una causa concreta para una acción determinada.
Cuando tomamos una decisión, normalmente no pensamos en el papel que juega, o que desempeña, el azar, que es el elemento permanente de nuestras vidas, al que los matemáticos se han aproximado para intentar medirlo y, en algún sentido, explicarlo. Por eso, el éxito o el fracaso, no proceden, en multitud de ocasiones de una voluntad racional, sino de circunstancias fortuitas y erráticas, como el andar de un borracho.
Fuente: americaeconómica

viernes, 15 de agosto de 2008

El peor negocio de la historia y la caja de dientes voladora de mi abuelo

Colombia - Cuando mi abuelo Héctor llegó con el renqueante caballo blanco y su sonrisa “pepsodent” más ingenua, mi abuela Ernestina ya presagiaba el desastre. La vida no sería igual.
Dicen los que saben de negocios chimbos, que el peor negocio de la historia fue la venta de Panamá a los gringos por uno de los tantos presidentes “visionarios y competentes” que hemos tenido (José Manuel Marroquín) creo que nos dieron 20 millones de dólares de la época y una docena de cortaúñas con la bandera de barras y estrellas, y les exagero. Pero no es ese, hay o hubo un negocio aún peor.
Mi abuelo Héctor nació en Trujillo Valle, hace unos 75 años. Cuando él era adolescente tuvo que salir huyendo de forma dramática y no volvió jamás a ver a su familia. Corrían tiempos violentos en nuestro convulso paraíso (para variar) con “pájaros cóndores y chulavitas", con “sangre negras” y matones fanáticos políticos de por medio, enfrascados en la más espantosa y fratricida carnicería partidista, que por lo que vemos aún no es que haya evolucionado mucho, sólo han cambiado los nombres y los protagonistas. Su familia era liberal y tuvo que desintegrase y abandonar la zona por simple acto de supervivencia.
Héctor: campesino oriundo del viejo caldas, sempiterno carriel terciado al hombro, poncho ídem, sonrisa fácil y jovial, voz suave y muy grave, con impecable caballerosidad y unos modales y prudencia realmente envidiables. Sombrero, bigote y físico calcado al primer Juan Valdés que existió. Fue a parar con sus pobres y jóvenes huesos a las montañas del Cauca limítrofes con el Huila, cerca de la zona del páramo de Puracé.
Trabajó con las cuadrillas de arrieros aserradores que por aquella época colonizaban casi medio pais de la zona andina, que aún permanecía virgen: anduvo por el cauca, el Huila, el Tolima, Caquetá e incluso hasta Nariño fue sin abandonar la montaña y exhibiendo una fuerza física realmente colosal. Su complexión era gruesa, y su afición por las putas el trago y las riñas de gallos finos que eran las únicas diversiones que se podían permitir cada domingo, también era bastante hiperbólica.
Era un buen hombre, de los de antes, casi analfabeto pero con un sentido común, y del honor fuera de este mundo. Su palabra era sagrada, y cumplir una promesa era un acto de vida o muerte. Era tan bueno, pero al mismo tiempo tan ingenuo que fue capaz de irse a vivir con mi abuela Ernestina una mujer ya casi cuarentona con 5 hijos adolescentes y una suerte más bien nefasta con sus tres primeros maridos: entre el muerto, el que la abandonó y el hijueputa mal tratador que ella tuvo que abandonar, el panorama era bastante sombrío para mi abuela sola, en un pueblo miserable del Huila, y a mediados de la década del sesenta del siglo pasado.
Hasta que llegó él de la nada, solitario y perfecto con su sombrero y carriel, cual Jhon Wayne de película clásica de vaqueros, pero sin pistola, más bien machete al cinto y sierra terciada al hombro…. y se le apareció a mí sufrida abuela Ernestina, que ya con ese nombre tenía suficiente karma, casi como un milagro redentor.
Mi abuelo Héctor que, como no podía ser de otra manera tras enamorarse de la belleza aún latente de mi abuela a pesar de sus desgracias, y aún suficiente para deslumbrarlo muy por encima de las meretrices con que solia intimar, le prometió hacerse cargo de ella y de su prole. Y así lo hizo en contra de los consejos bastante sensatos del resto de sus amigos aserradores y arrieros. Mi abuelo era estéril (si es irónico pero lo era) al no haber conocido más abuelos en mi vida, es el único que tengo, lo adopté, y me importa muy poco que no lleve su sangre, pero si su presencia que quedó tatuada en mi infancia, y me sobrevive en el tiempo.
Y en caso de que sus espermatozoides si hubiesen cuajado, seguro tendría al menos media docena de tíos y tías producto de su amor montañero, que volverían aún más insoportables las reuniones familiares de fin de año, el ponernos de acuerdo para pagar los funerales, la repartición de herencias etc. y demás minucias que logran sacar lo peor de cada casa. Por suerte para mi familia pero por desgracia para él no pudo concebir jamás hijos, aunque se hizo cargo de todos los de mi abuela de manera estoica, cariñosa y muy correcta, hasta el punto de ganarse el afecto sincero de sus hijastras e hijastro, incluso de los nietos calaveras como yo.
Mi abuelo lo que tenia de honorable y de bueno, lo tenia de güevon (casi creo que estas escasas cualidades hoy en dia por desgracia son sinónimo de güevon) Era malísimo para los negocios, los hacia con el corazón, era incapaz de negarle un préstamo de dinero a alguien que estuviera en la ruina, sin garantías, aunque él mismo al prestarlo se quedara sin nada. Y cuando le pagaban sus jornales tenia la celebrada costumbre (al menos para sus amigos, no tanto para mi abuela) de invitar trago y cerveza a todo el mundo en la tienda del pueblo.
También le gustaban las riñas de gallos finos al igual que a mi señor padre, y por extensión a mi, aunque con el tiempo y la distancia se esfumó mi curiosidad gallística: con la diferencia de que mi papá había sido tahúr y apostador en todos los juegos de azar, desde los 14 años, se conocía todos los entresijos de las apuestas y conocía los mejores animales con lo cual rara vez perdía.
En cambio mi abuelo le apostaba siempre al gallo que fuera de un amigo suyo (aunque fuera un chulo inmundo sin pico y sin clase) le apostaba al más feito por que le daba pesar, o al más débil por la misma razón. Mi abuelo llegaba borracho y pelado a casa y mi abuela que solo lograba salvar lo del mercado quincenal, que eso si para qué, pero el viejo lo cumplía a rajatabla, se quería morir de ira. Por la “irresponsabilidad” del hombre que la había salvado y en parte había terminado de criar sus hijos….
Una vez en unos desafíos departamentales de gallos en Garzón Huila, mi abuelo después de haber perdido una importante cantidad de dinero, se quedó dormido en una silla, y al roncar muy fuerte salió despedida su caja de dientes con incrustaciones de oro, y fue aparar directo al aserrín del suelo: entre un bosque de piernas, colillas de cigarrillo y uno que otro escupitajo de gallero pueblerino borracho…. Yo tendría unos 13 años, me había ido bien esa noche, había ganado algo de dinero, y estaba tomando cerveza con mi papá y sus amigos al mejor estilo "machito" provincial de "educación" salvaje. Entonces mi padre con su humor más bien cáustico, me obligó a que se la recogiera del suelo, la echara en un paquete de piel roja, y esperara por lo menos dos días para entregársela, "para que ese viejo güevon cogiera escarmiento"
Mi abuelo no cogió escarmiento, más bien por razones obvias, por la resaca y por la cantaleta colosal de mi abuela, duró dos días sin sonreír. Y cuando se la entregué haciéndome el sorprendido por encontrarla, estuvo a punto de besarme con lengua de la felicidad.
Compraba pollos de colores en el mercado que luego se le desteñían en casa, le hicieron el “paquete chileno” le dieron una vez burundanga para robarlo, invertía en suculentas cadenas que lo dejaban con un palmo en las narices... Y cuando pequeño recuerdo que aunque no había ninguna necesidad de ir a traer leña al monte, ya que el patio de su casa era inmenso y estaba repleto de árboles y madera hasta para regalar, me obligaba a ir con él y mis dos primas mayores hasta 5 kilómetros río magdalena arriba a traer cargados troncos al hombro, que a mis ocho o nueve años eran verdaderas torturas para mi insignificante cuerpo. Me decía que sólo así, aprendería a ser un varón de verdad, y que en esta vida el que no estaba acostumbrado a sufrir y pasar necesidades de niño, lo pasaba peor de adulto. Y que eso no era nada para lo que el había tenido que cargar y sufrir. Que cualquier ruido extraño en el bosque o en casa siempre tenía una explicación lógica, que los espantos no existían. Es curioso, pero hoy se lo agradezco. Pocas cosas me dan miedo, y tengo un aguante físico realmente insólito.
Luego, y esto era lo más vergonzoso para mi, me obligaba a ir a vender pan casa por casa del que él y mi abuela hacían en un enorme horno de barro. Y el motivo de mi vergüenza es que yo solo pasaba las vacaciones de fin de año con ellos, ya que vivía en “La Plata” otro pueblo miserable del Huila que apesar de todo también amo, y creía que era un niño rico, al menos en esa época, abundaba de todo en casa, no tenia que trabajar y menos salir a vender cosas por la calle.
Sé que yo era bastante estúpido con mi pudor, pero a esa edad las apariencias importan mucho. Y lo peor de todo es que el pan les quedaba horrible, los dos eran tan tercos y de una intransigencia tan temeraria, que ni mi abuela se creía, ni ceñía a la receta original, y entonces a escondidas aumentaba las dosis de sal o levadura. Y por su cuenta a su vez mi abuelo hacia lo mismo, con lo cual lograban el increíble efecto de que el pan de yuca, de achira o de cuajada supiera exactamente a lo mismo recién hecho, y a alpargata tiesa con queso minutos después de enfriarse.
Pero el negocio de su vida lo hizo mi abuelo cuando yo andaría por los 10 años. Él tenía un lote esquinero en el pueblo de unos cuarenta metros de fondo por 20 de ancho, era precioso, no estaba construido, pero al lado pasaba la carretera principal y además tenia árboles de mango guayaba, guanábana y un par de bejucos de maracuyá. Un día vino un tipo con un caballo blanco, que de lejos parecía de ensueño, casi un Pegaso sin alas, y se lo ofreció a mi abuelo contándole una historia de un supuesto origen árabe- español del rocinante en cuestión, realmente truculenta. El caballo ya no era joven era evidente para cualquier experto, o simplemente para alguien más observador, malicioso y menos entusiasta que mi abuelo. Él extasiado, a escondidas, y a sabiendas que si le contaba a mi abuela su maravillosa idea de comprar ese "precioso semental de raza" que seguro a punta de saltos previo pago de su valioso esperma, lo iba a sacar de sus eternos jornales de aserrador en las montañas…ella más terrenal y desconfiada con los caballos voladores seguro le iba a abortar el plan.
Decidió por su cuenta y riesgo cambiar un caballo blanco viejo (los cascos maquillados con betún, y pintura blanca en parte del lomo y las patas traseras, con extensiones en la crin y en un estado de apatía y parásitos realmente conmovedor…) decidió cambiarlo mano a mano por el lote. Y así fue.
Eso sucedió en 1982, y poco antes de morir mi abuela Ernestina de un fulminante cáncer de pulmón en Bogotá en el año 1996, Días antes de abandonar este precioso mundo, mi vieja Ernestina, cuando aún le quedaba fuerzas le decía…-si ve, viejo bruto si no hubiese cambiado el lote por aquél mocho garrapatoso y viejo, otro gallo nos cantaría. Nunca lo superó mi abuela. Su frustración le hizo metástasis
Mi abuelo sobrevive, enfermo, cansado, pero aún de pie. Después de quedarse viudo intentó reencontrar a su familia “verdadera” sus hermanos, conocer sus sobrinos y los que sobrevivieron de la barbarie de la época de la violencia (que eufemismo tan comodín en nuestro país, sirve para cualquier época) después de casi 40 años, fue a muchos sitios se vio con mucha gente pero él ya era un extraño, ahora su “nacionalidad” era opita, era de tierra caliente, no se adaptó al frío de las montañas y menos al de Bogotá, le hacian falta sus gallos finos y el recuerdo de la vieja.
Volvió al Huila, y en la enorme casa que compartió con su vieja se entretiene cuidando nietos y bisnietos que no llevan su sangre, cuidando camadas enteras de pollos finos, yendo a apostar cada ocho días a la gallera, y aún apuesta con el corazón: al pollo más feo, al más raro o simplemente al que juegan sus amigos así sea el más malo de toda la región. No ha vuelto a perder su caja de dientes, y su sonrisa es probablemente la más amable, pura y sincera que haya conocido en toda mí vida.
Fuente: eltiempo - oscartruma

domingo, 3 de agosto de 2008

Señorial Biarritz

Francia - UN primer vistazo lejano a la costa de Biarritz (Lapurdi) es suficiente para ver sus majestuosos edificios y percibir que se trata de un enclave turístico de lujo, con rasgos aristócratas y elegantes, y un glamour decadente de comienzos de siglo. Sin embargo, es más que eso. Los surfistas y golfistas, la sencillez y el lujo o los festivales y los casinos se dan la mano sin complejos. Biarritz es un espacio abierto, un abanico de posibilidades donde todos son bienvenidos.
La historia de la ciudad no dista mucho de la de otras localidades de la costa cantábrica. Su origen está fuertemente ligado a la pesca de ballenas, hasta que a partir de mediados del siglo XIX, la nobleza europea lo escogiera como lugar de veraneo y cambiara sus hábitos para siempre. En 1854 el emperador Napoleón III y su esposa, la española Eugenia de Montijo, compraron unas dunas frente al mar llamadas Lou Sablanat. Allí, construyeron su palacio. A la muerte de Napoleón, la emperatriz abandonó Biarritz y vendió la propiedad que pasó a ser el Hotel du Palais.
Esta herencia, unida a la creación de un casino en 1901 hizo que se convirtiera en el lugar de vacaciones preferido por la alta sociedad europea. Incluso la familia real británica pasaba largas temporadas en su residencia biarrot. Por ello, una escapada a esta bella localidad, debe incluir en su itinerario un paseo por los bellos palacetes que, en su día, construyó el nutrido séquito de nobles que acompañaba a la realeza. Una buena opción para ello es subirse en el Petit Train de Biarritz. Su itinerario permite visitar los lugares más famosos, la costa y los museos.
Por supuesto, nada mejor para sentirse como un auténtico emperador que pasar una noche en el Hotel du Palais donde los bolsillos más acaudalados descansan y se relajan con baños terapéuticos en el balneario. Otro de los lugares más emblemáticos de Biarritz y de visita obligada es su casino municipal, que fue construido el siglo pasado y remodelado en 1992.
Los exiliados rusos de la época también quisieron aportar su granito de arena y construyeron una espléndida iglesia ortodoxa para su culto particular que aún está en activo. Una de sus peculiaridades es que los curas rusos, en el intento de unir a su congregación, atrajeron a personalidades de la talla del compositor Igor Stravinsky, que vivió en la villa entre 1921 y 1924.
Es por ello por lo que se puede ver una placa en la fachada del edificio.
Por otro lado, los amantes del surf pueden acercarse a playas como La Grande Plage, Le Port Vieux o La Cote des Basques. Estos arenales se caracterizan, además de por sus olas, por su arena fina y por las numerosas algas que confieren al mar una sustancia muy beneficiosa para la salud, el yodo, del que se sirve el balneario que ofrece curas de recuperación a la carta. Y, cómo no, donde hay lujo, hay golf. Biarritz aúna una oferta de hasta once campos, uno de ellos al borde del mar.
Hay, además, tres lugares de interés que visitar para convertirse en un experto de la localidad. El museo del mar, con más de 150 especies; el museo del chocolate, un verdadero examen de las tentaciones y el faro, de 73 metros de altura y 248 peldaños desde donde los días despejados se puede disfrutar de una de las mejores vistas de la costa.
Para terminar la visita con un buen sabor de boca, los viajeros no pueden perderse una cena en alguno de los restaurantes más famosos de la localidad, como Les Platanes o Beau Soleil. Pero si el bolsillo comienza a resentirse, se puede buscar otra opción entre los 120 restaurantes que hay en el centro. Para los sibaritas está Chez Albert, restaurante emplazado en el puerto de pescadores que sirve pescado recién capturado.
Fuente: noticiasdeálava

viernes, 1 de agosto de 2008

La voz del turf

Argentina - Las reuniones de turf en el hipódromo de Villa María, cuentan desde setiembre del año pasado con la presencia de un relator de lujo, que se desempeña desde el año 1995 en el hipódromo argentino de Palermo.
Nos referimos a Andrés del Padrone, de 49 años, cuatro hijos, casado, oriundo de la provincia de Buenos Aires y actualmente viviendo en Tortuguitas.
Consultado por EL DIARIO, el pasado domingo, expresó que “mi llegada a Villa María se produjo gracias a un amigo José María Reale, presidente de la comisión de carreras, que también me abrió las puertas para poder relatar en Córdoba y Río Cuarto.
Soy un apasionado de este deporte, aparte de relatar, estoy completando la carrera de locución, no me quedo con lo que tengo, siempre pretendo más y agradezco a la gente del turf que tenga trabajo”.
“Villa María es una ciudad maravillosa, por su gente, por la calidez que aporta, siempre pongo la misma pasión, ya sea en Capital o en cualquier escenario, considero que todos los lugares merecen el mismo respeto, estoy convencido del verdadero federalismo y no que el país termina en la General Paz”.
De vos pausada, claridad de conceptos, llevando al aficionado todo lo que necesita saber desde las gateras, hasta que culmina cada carrera, se inició en esta profesión en 1986 en el hipódromo de San Isidro y valora la arena y el pasto de cualquier hipódromo, porque con trabajo y esfuerzo el turf se va haciendo cada vez más grande.
Regresará a la ciudad para la programación aniversario del 7 de setiembre, seguramente para jerarquizar una jornada extraordinaria. Lo estaremos esperando con los brazos abiertos porque el turf ganó un nuevo amigo.
Fuente: eldiariocba

miércoles, 30 de julio de 2008

Quien reparte se queda con la mejor parte

España - En la vida de un crupier las metas profesionales se establecen desde crupier hasta director de juego, pasando por jefe de sector. A César, desde pequeño le gustaron los juegos de cartas, y se le daban bien; sus amigos siempre le decían que algún día se dedicaría a ello.
La primera vez que visitó un casino fue en Santander, a los 18 años. Con esta previa, cuando le llegó la oportunidad de ser crupier, no se lo pensó, bueno sí, durante las pruebas que se hicieron en León ante la apertura del Casino Conde Luna. César recuerda que había cerca de 1.500 personas esperando y ahí, sí que se lo pensó. Después de diferentes pruebas de cálculo, se convirtió en uno de los seleccionados para entrar en la escuela de crupieres y, después, entrar a trabajar el casino de León.
Desde 2002, y hasta hace dos años, fue encargado de “repartir el juego” en la ruleta americana, elpóquer y el ‘Blacjack’. Ahora, como jefe de sector, se encarga de controlarlo, incluido el ‘Poker Golden Texas’ –modalidad que acaba de incorporar el Casino Conde Luna–.
Por su cabeza han pasado sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, de cifras incalculables mentalmente para alguien poco dado las matemáticas. En el caso de la ruleta, César confiesa que ‘el truco’ está en trabajar con fotografías mentales de las apuestas, que le ayudan a agilizar el cálculo. Es esta mesa de juego donde, relata el crupier, las personas que entran por primera vez a un casino le hacen la eterna pregunta: “¿Dónde está el truco?”. “Incluso algunos han llegado a mirar por debajo de la mesa para ver si hay algo”. Pero no, todo es probabilidad.
Si tuviera que elegir entre las cartas y la ruleta, no sabría, aunque establece que la segunda suele atraer más ya que las posibilidades de multiplicar la suma apostada inicial es más rápida que con las cartas.
Por primera vez en la historia, al menos desde que existen los casinos, una crisis ha conseguido afectar al sector del juego; un ejemplo: Las Vegas. Sin embargo, desde su experiencia, este crupier explica que en algunas ocasiones es cuando la gente entra los casinos bajo la premisa “a ver si...”.
Fuente: lacronica.net

lunes, 7 de julio de 2008

Casino o Academia?

Cuba - El edificio que ocupó la Academia Naval del Mariel no fue una fortaleza colonial ni una construcción acometida con fines militares, sino que se construyó para destinarla a casino de juego, aunque también se afirma que se edificó como vivienda.
Su constructor fue Horacio S. Rubens, abogado norteamericano que prestó servicios profesionales a la delegación del Partido Revolucionario Cubano en Nueva York. Fue amigo de José Martí y logró gran identificación con Tomás Estrada Palma. Cuando este, como primer presidente de la República de Cuba, gestionó un empréstito de 35 millones de dólares para pagar al Ejército Libertador, la Casa Speyer y Compañía, que prestó el dinero, nombró a Rubens como su representante en Cuba.
Rubens visitó Mariel y se sintió atraído por la Loma del Vigía, o de La Vigía, y la vista de la bahía y el poblado que desde ella se lograba y tuvo la idea de construir allí un castillo mudéjar, con cuatro pisos y torres circulares. La construcción, que comenzó en 1908, quedó concluida cuatro años más tarde.
Insistía en que esa sería su casa hasta que pensó de otra manera, o alguien lo hizo variar de opinión, y estimó que lo mejor sería destinarlo a casino de juego. Algunos historiadores y cronistas son del criterio que la instalación allí de un gran casino fue siempre el objetivo del abogado norteamericano. No se explica de otra forma el gran patio interior del edificio, con columnas y arcadas moriscas, el piso de granito en colores y sus escaleras de mármol. Sin embargo, da que pensar la Rosa Náutica que adorna el piso de granito del patio. ¿Formó parte del diseño original o fue incorporada después de que se instaló allí la Academia? Esa Rosa Náutica puede datar de 1937, fecha en que se construyó además la escalinata monumental de 262 peldaños que une el pie de la loma con el frente del edificio.
El caso es que el castillo de Rubens no fue nunca casa de vivienda y mucho menos casino.
Permaneció vacío luego de su edificación hasta que en 1915, bajo la presidencia del general Mario García Menocal, el gobierno cubano lo adquirió para destinarlo a Academia Naval, inaugurada el 28 de enero del año siguiente.
Fuente: juventud rebelde.cu

El sabio de la Liga

España - Impresionante. No puede haber otro calificativo para tan exitosa trayectoria profesional. A sus 83 años, Ricardo Pastor, o mejor dicho 'Pitoniso Pito', le han tributado un homenaje por su colaboración al popular juego de apuestas deportivas: la Quiniela.
43 años lleva el catalán pronosticando sobre la Liga. A falta de diez jornadas para el final, 'Pitoniso Pito' adelanta quien va a ser el campeón, e incluso se atreve con los descendidos. Sólo se ha equivocado en cuatro ocasiones con el campeón. Espectacular. De hecho, los dos últimos errores fueron el curso 2004-2005 y 2005-2006. Imaginen 39 años con sólo dos errores: ¡no está al alcance de muchos!
En su homenaje 'Pitoniso Pito' rebosaba felicidad y contaba melancólicamente anécdotas de su vida. En su época en la revista 'Dicen', en la temporada 72-73, concretamente la duodécima jornada, "habíamos hecho un boleto con la gente del trabajo, quedaba el último partido: un Sporting-Barça. Todos éramos culés y teníamos 14 aciertos. Habíamos jugado para aquel encuentro una X. Primero, se avanzó el Sporting con un gol de Quini. Al cabo de un rato, Marcial empataba. Todos nerviosos, exultantes… No queríamos remontada. Era ser millonarios o que gane tu equipo", recordaba. "Al final empate y millonarios", concluyó.
Es un sabio lógico-matemático. Para él, sólo es un hobby, aunque reconoce haber ganado dinero. Ricardo Pastor, sólo utiliza el sistema condicionado, abandona la lógica del choque para hacer combinaciones con un lápiz y varios papeles. Ahora dice irónico: "nada de ordenadores, he cambiado el lápiz por el bolígrafo".
'Pitoniso Pito' se hizo un hueco a través del programa 'Fantasía' de los años 70-80 con sus vaticinios.
Tras 50 años en la profesión, el Patronato de Apuestas de Barcelona le ha concedido una placa, por que sin 'Pitoniso Pito', la Quiniela no sería lo que es hoy.
Fuente: elmundodeportivo

lunes, 30 de junio de 2008

Cuenta la historia que ...

... Muammar Gaddafi tomó la decisión de destronar al rey Idris I de Libia, cuando lo vio perder en una sola noche cinco millones de dólares — cifras de finales de los 70 — en el casino de Montecarlo.

domingo, 15 de junio de 2008

Historias de Casino

El tres de trébol llegó justo para formar junto con el dos y el cuatro la escala y completar así los nueve puntos necesarios para ganar la partida de “punto y banca”. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de la anciana, que en forma teatral estiró sus largas y huesudas manos, esparciendo con elegancia e ironía las cartas sobre el tapete verde. El croupier sentado en el extremo de la mesa anunció su triunfo, lo que fue corroborado con un movimiento de cabeza por el Inspector que vigila a una distancia discreta las posturas. A doña Silvia le encanta observar la cara de la derrota en el resto de los jugadores, quienes no pueden disimular su impotencia y rabia, y esto se incrementa aún más al verla retirar el alto de fichas que acumulan sus ganancias. De las diez partidas jugadas esa noche, la anciana ganó ocho. Sólo perdió la tercera y la quinta; y como de costumbre ganó la primera y última partida.
En el Casino de Viña es frecuente ver como alternan el donaire con la más sórdida degradación, por lo que no llama la atención observar a un séquito de serviles e interesados, que deambulan y se apiñan en torno a un jugador venturoso, rodeándolo y adulándolo para recoger algunas migajas de su bonanza. Doña Silvia no fue la excepción y en pocos minutos se vio asediada por jugadores que tempranamente lo habían perdido todo, como estadísticamente tenía que suceder.
Pasadas las doce de la noche quedan los verdaderos jugadores, los recalcitrantes, para quienes sólo existen los naipes, las fichas y el croupier, y aunque éstos hayan perdido toda su fortuna, según los códigos impuestos por ellos mismos, no deben jamás dejar traslucir algún sesgo de emoción que denote un humillante descalabro. En esa atmósfera doña Silvia ejecutaba sus apuestas con aparente calma y sangre fría, calculando en forma indiferente sus jugadas, deduciendo, apuntando en un papel cuadriculado todas las posibilidades previamente ensayadas.
La presencia de doña Silvia produce siempre una honda expectación en la sala de juegos. Sus maniobras las realiza hábilmente y los testigos no vacilan en admirar a una jugadora con estilo excéntrico que promete, en efecto, jugadas sorprendentes. Yo como puedo me abro paso hasta su mesa y me coloco junto a ella. Me llama la atención la forma de contemplar al resto de los jugadores, como advirtiéndoles, váyanse, por favor, no apuesten más, ahora vengo yo, no pierdan en forma estúpida su dinero.
La extraordinaria magnificencia y lujo de las salas de juego, junto a la gran cantidad de dinero que se apuesta, hacen que uno sienta una especie de recogimiento, como estar en una gran catedral y se pierda, la perspectiva, el punto de vista, la brújula, como dice doña Silvia, que ya a esas alturas yo la veía como una especie de alegoría emblemática, un gurú que se ha entreverado en mi camino para guiarme derechito al triunfo, por que es cuestión de hacer las mismas jugadas que hace ella, para tener garantizado el éxito. De modo que empiezo como loco a desafiar al destino, apostándole a la banca, imitándola. Resultaba imposible no sentirse contagiado con su ímpetu, con su frenesí, con su sino inconfundible. Hice las posturas más altas que permite la mesa, y ganaba. Estaba enardecido. Repetía las jugadas y volvía a ganar. No comprendía lo que estaba sucediendo. Estaba como aturdido. Sentía que golpeaba, que le sacaba la lengua por primera vez al designio
Después de cuatro horas, seguramente aburrida y cansada, la señora Silvia desertó de la mesa de “punto y banca” dirigiéndose a la ruleta, y yo cual rey mago, con los bolsillos repletos de fichas, iba detrasito siguiendo mi buena estrella hacia la tierra prometida. Esta vez ella se colocó al lado del croupier y comenzó tímidamente hacer sus apuestas. La ruleta no es mi fuerte, me dijo, dándose cuenta por primera vez que yo calcaba sus jugadas. En efecto, en este nuevo juego, ella no resplandecía, no lucía la destreza que desplegaba en el juego anterior, exhibiendo ahora una evidente vacilación que la llevaba a cometer persistentes omisiones. Y yo, tozudamente, continuaba fervoroso, aferrado a su estilo, incapaz de serle infiel y crear mi propio plan de juego. Los mirones acudieron rápidamente a la mesa a contemplar con indisimulada morbosidad el debacle que se avizoraba . Todos hablaban y señalaban que a ellos jamás les habría ocurrido eso, porque habrían usado otra estrategia. Se les escuchó profetizar: “Van a perder. Lo van a perder todo”.
La buena suerte la había acompañado por más de cuarenta años, y estaba diplomada en esos rigores de tener que soportar los sarcasmos de tahúres, embaucadores y prepotentes apostadores. Algunos le susurran al oído, indicándoles qué debe hacer. Otros, sugieren que se retire con lo ganado en el juego anterior. Uno le aconseja que duplique las apuestas. Y no faltaron los más audaces que proponen ser ellos los que dirigieran su juego. Obviamente cada uno esperaba, si se revertía la situación, su respectiva gratificación.
Nunca supo doña Silvia, cuando los vientos dejaron de soplar a su favor. Ahora estaba pálida, sus resplandecientes ojos, ya no brillaban, le temblaban las manos. Las apuestas las ejecutaba mecánicamente. Ya no pensaba. Todo era un desastre. incluso hasta los mozos ya no eran tan solícitos, debido a la merma en las propinas. Miro a los croupiers que simulan ser simples funcionarios a los que les da lo mismo que la banca gane o pierda, en circunstancias que todos saben que no son indiferentes a los menoscabos, ya que están instruidos para custodiar los intereses del negocio.
Finalmente doña Silvia me dio una mirada sin intercambiar palabras, limitándose a encogerse de hombros. Noté que sus sienes estaban bañadas de sudor y las manos le seguían tiritando. Un llanto silencioso y triste la invadió. Era la parte visible del iceberg.
Con respecto a mí, no me queda otro consuelo que observar esta curiosa fauna de temperamentales, apasionados y extravagantes, orgullosos y ridículos, viviendo en el límite, con la adrenalina a flor de piel, que se agitan nerviosos y sobreexcitados, buscando el clímax supremo de la emoción, sufriendo y atormentándose por la fascinación de un juego que anula sus débiles voluntades, para luego abandonarse a una apatía fatalista de verse irremediablemente arruinados.
A partir de hoy yo también formo parte de esa comparsa, ya que recorro infructuosamente, las agitadas calles de Viña, procurando hallar algún interesado que quiera comprarme este reloj, en tres mil quinientos pesos, que es justo la cantidad que debo cancelar en el peaje de regreso a Santiago.
Fuente: loscuentos - bordemar1

miércoles, 21 de mayo de 2008

Cuando Churchill jugó en el casino sin salir de su casa

La faceta del Churchill alejado de sus obligaciones es sin duda la que aporta anécdotas más divertidas.
Durante unas vacaciones en la costa azul Churchill quiso ir a jugar al casino del Montecarlo, y Colville, con su característica prudencia, le disuadió por el impacto mediático que podía tener la presencia del primer ministro británico en el famoso casino. Churchill accedió a no acudir al casino pero le dio dinero a Colville y le pidió que fuera él a jugar en su lugar, añadiendo que si ganaba irían a medias y que si perdía, como obviamente ocurrió, no se lo tendría en cuenta.
Fuente: ABC - Fragmento extrído de "Anécdotas de un estadista valiente"

lunes, 12 de mayo de 2008

Imágenes del novecientos

Argentina - Vista del hipódromo del Jockey Club en el parque Independencia tomada hacia el año 1915. Este espacio hípico fue habilitado el 8 de diciembre de 1901, tres semanas antes de la inauguración del parque mismo y a un año de la creación del propio Jockey Club de Rosario. Mientras por entonces los medios de prensa fustigaban duramente a todo lo que tuviera que ver con las apuestas -como el juego de taba, truco, ruleta, etcétera-, las carreras de caballo, donde se apostaba fuerte y mucho, fueron siempre, extrañamente, la "niña mimada".

domingo, 4 de mayo de 2008

El Lago de Martiánez recibe 26 millones de visitantes en 31 años de historia

España - Un total de 26 millones de personas han visitado el popular y afamado Lago de Martiánez, del Puerto de la Cruz, desde su inauguración, el 30 de abril de 1977, hasta el 30 de abril de este año.
El viernes 2 de mayo el Ayuntamiento portuense homenajeó al visitante 26 millones de este Complejo Turístico Municipal 'Costa de Martiánez', con un simpático agasajo sorpresa en el que estuvieron presentes el concejal delegado de Patrimonio, David Bernat, y el gerente del Complejo, David Pérez.
Los afortunados usuarios resultaron ser un joven matrimonio madrileño con una hija de corta edad que visitan Tenerife por segunda vez. El Ayuntamiento les ofreció un cóctel de bienvenida a la entrada del Lago y les obsequió con un ramo de flores, un diploma-recordatorio, una bolsa con material turístico y promocional de la ciudad y un almuerzo en el restaurante Isla del Lago.
Esta modélica instalación, diseñada por el artista lanzaroteño César Manrique, es sin duda uno de los atractivos turísticos más importantes de la isla de Tenerife. No en vano, y aparte de la gran afluencia de visitantes que recibe, es una auténtica joya arquitectónica que desde 2005 está declarada Bien de Interés Cultural (BIC) por el Gobierno de Canarias, con categoría de Jardín Histórico.
Por estas razones, el Ayuntamiento portuense extrema el cuidado del gran Lago artificial y de todo el Complejo Turístico 'Costa de Martiánez', especialmente tras la profunda reforma realizada en las instalaciones entre 2004 y 2006. Ahora, a principios del mes de mayo, y como ocurre cada año por estas fechas, el Ayuntamiento va a cerrar al público el Lago durante dos semanas, con el fin de realizar labores de mantenimiento y proceder a la habitual revisión anual de la maquinaria. En concreto, desde el 5 de mayo se procederá al vaciado del Lago para el pintado del vaso, de 15.000 metros cuadrados de superficie.
Está previsto que el día 19 finalicen los trabajos y se reabra al público el gran Lago artificial. El concejal delegado del Complejo Costa de Martiánez, David Bernat, explicó que el Ayuntamiento hace coincidir esta actuación de mejora y mantenimiento en la parte principal del Complejo Costa de Martiánez con la época de menor afluencia de turistas a la ciudad.
El concejal aclaró que, como de costumbre, el cierre temporal sólo afectará a la zona del Lago propiamente dicha. El resto del Complejo 'Costa de Martiánez', que abarca las piscinas denominadas 'Los Alisios' y 'Lido San Telmo', continuará abierto al público con total normalidad, al igual que los servicios de hostelería, bares, cafeterías, restaurantes y el Casino Puerto de la Cruz, ubicado en el subsuelo de la Isla del Lago.
David Bernat destacó que la adecuada programación prevista por el Ayuntamiento y la dirección del Complejo garantizará que los trabajos de mantenimiento en el sector del Lago se puedan simultanear con el uso del resto de las instalaciones. El concejal precisó que se realizarán todas las mejoras necesarias para mantener el entorno del Lago y sus servicios en los mayores estándares de calidad y confort, como exige una ciudad del prestigio turístico de Puerto de la Cruz.
REFORMA INTEGRAL
El Lago de Martiánez de Puerto de la Cruz reabrió sus puertas al público en agosto de 2006 tras una profunda reforma que se prolongó por espacio de dos años y que dejó "como nueva" a esta zona del gran complejo de piscina de agua de mar. Durante los meses de verano de 2007 'Costa de Martiánez' recibió más de 306.000 usuarios, mientras que los ingresos ascendieron a más de un millón de euros. Durante el paso mes de marzo visitaron las instalaciones 33.975 usuarios, que dejaron en caja algo más de 113.000 euros.
El balance total del Costa de Martiánez del año 2007 se cerró con 578.117 visitantes y algo más de 1'9 millones de euros de ingresos. En 2006 fueron 575.737 los visitantes y 1'8 millones de euros los ingresos. En los dos ejercicios anteriores los cierres parciales del Complejo por las mencionadas obras de reforma de las instalaciones motivaron un lógico descenso: 353.554 visitantes y 1 millón de euros, en 2005, y 280.198 visitantes y 854.000 euros, en 2004. Antes de estas obras, el balance de 2003 se cerró con 636.720 visitantes y 1.9 millones de euros de ingresos.
RÉCORDS HISTÓRICOS
Más de un millón de personas han llegado a visitar el Complejo en un año. El récord histórico se estableció en 1987, con un registro de 1.119.722 visitantes. El récord histórico mensual se fijó en agosto de ese mismo año, con un total de 192.950 visitantes. En temporada alta y días soleados el número de entradas a las instalaciones ha llegado a sobrepasar las 10.000 diarias. En el primer año de funcionamiento visitaron el Complejo 596.498 visitantes. Al año siguiente la cifra se elevó a los 882.000.
La barrera del millón de visitantes anuales se superó por primera vez en 1982. Ese año entraron a las piscinas municipales 1.016.325 personas. Desde la regeneración de Playa Jardín de Punta Brava, en 1993, al Complejo 'Costa de Martiánez' le salió un duro y aventajado competidor, con lo que se ha reducido y estabilizado el número de visitantes en torno a los 600.000 anuales.
Puerto de la Cruz es un pequeño cofre lleno de tesoros que con el paso del tiempo ganan valor y reconocimiento. Uno de ellos es el Complejo Turístico municipal 'Costa de Martiánez' y su gran Lago artificial, declarado Bien de Interés Cultural (BIC). El afamado complejo de piscinas, diseñado hace más de treinta años por el artista lanzaroteño César Manrique, pasó así a formar parte del patrimonio histórico-artístico de todos los canarios con rango y nivel de protección propios de un monumento, que además es parque temático y museo vivo.
Esta declaración de BIC coincidió en 2005 con las obras de reforma del Complejo, promovidas por el Cabildo y el Ayuntamiento portuense. La inversión total de la reforma alcanzó en total los 29 millones de euros, que fueron financiados en su mayor parte por la entidad Casino Taoro, perteneciente al Cabildo, dentro del acuerdo para el traslado de la instalación de juego al la Isla del Lago.
La actuación integral contemplada en 'Costa Martiánez' constó de dos proyectos: la adecuación del Lido de San Telmo y de la Isla del Lago, y la unión de estos dos espacios para acoger las instalaciones del Casino de Taoro. En el primer sector se ubicaron la sala de máquinas, mientras que la Isla del Lago alberga la sala de juego. Ambos lugares están conectados a través de un paseo peatonal.
El proyecto global de reforma y acondicionamiento de las instalaciones de 'Costa Martiánez, que además incluyó un novedoso sistema de iluminación, fue redactado por los arquitectos Javier Díaz Llanos y Vicente Saavedra, en colaboración con los ingenieros Juan Alfredo Amigó y José Luis Olcina, las mismas personas que trabajaron junto a César Manrique en el diseño original del Lago. Las obras las ejecutó la unión temporal de empresas formada por 'Dragados' y 'Syocsa'.
55.000 METROS CUADRADOS
El Complejo Turísitico Municipal 'Costa de Martiánez' ocupa una superficie total de 55.000 metros cuadrados. Está dividido en tres zonas, tanto por su morfología como por las sucesivas fases de construcción. La parte más antigua, y la única que no diseñó Manrique, son las piscinas de San Telmo, construidas en la década de los sesenta del siglo pasado. La segunda zona, situada en la parte central del Complejo y construida en 1971, es Los Alisios. Contiene tres piscinas de contorno circular y una isla-bar central con una gavia de 25 metros de altura.
Por último, hacia el levante está la tercera fase, el gran Lago Artificial, de 33.000 metros cuadrados, inaugurado en 1977. En medio está la Isla del Lago, en cuyo subsuelo, bajo el nivel del mar, se instaló la Sala Andrómeda, donde ahora está el Casino Puerto de la Cruz. Diseminadas por el Complejo hay siete esculturas del artista César Manrique: 'Los Alisios', 'La Jibia', 'Barlovento', 'Raíces al cielo', 'Homenaje a William Reich', 'Demios' y 'Homenaje al Mar'. Esta última escultura llegó a figurar en una de las antiguas monedas de 25 pesetas de curso legal en España, lo que da idea de lo emblemático que a nivel nacional ha llegado a ser el Complejo Turístico Municipal 'Costa de Martiánez'.
ORIGEN DEL COMPLEJO
Después del éxito de la construcción de las piscinas del Lido San Telmo, a cargo de un promotor privado, a finales de la década de los 50, la idea de acondicionar el litoral de Martiánez surgió en 1967 con el alcalde Felipe Machado del Hoyo, quien encargó el proyecto a los ingenieros de caminos Juan Alfredo Amigó y José Luis Olcina. Con posterioridad se incorporó al equipo el artista César Manrique.
El presupuesto de las obras era de 42 millones de pesetas, que se financiaron con recursos municipales. La ejecución corrió a cargo del constructor Luís Díaz de Losada. Antes fue necesario rescatar las concesiones administrativas concedidas en esta zona por el Ayuntamiento. Finalmente, en septiembre de 1971 se inauguraron las piscinas artificiales de Los Alisios, la primera fase del Complejo 'Costa Martiánez', con una superficie de 8.000 metros cuadrados.
Tras la crisis turística de 1973 había que buscar un revulsivo para el Puerto de la Cruz, pues además, el proceso desarrollista de los años 60 no contempló la creación de infraestructuras en la ciudad. El Lago Artificial de Martiánez fue ése gran revulsivo.
El diseño inicial lo hizo César Manrique en una servilleta durante una reunión en el Hotel Las Vegas. Ese primer boceto no contemplaba la Isla del Lago. Las obras costaron 300 millones de pesetas de la época, que el Ayuntamiento portuense financió sin subvenciones oficiales y gracias a un crédito con el Banco de Crédito Local de España. Por eso el Ayuntamiento decidió bonificar la entrada a los vecinos del Puerto, porque gracias a ellos se hizo realidad este histórico proyecto que sigue siendo fuente de ingresos y de prestigio para toda la ciudad.
Las obras de construcción del Lago de Martiánez, segunda fase del Complejo 'Costa de Martiánez', se contrataron en octubre de 1972. Ya en ejecución, en 1974 se decidió modificar el proyecto inicial para incorporar la Isla del Lago, con una estructura cimentada bajo el nivel del mar y una sala de fiestas subterránea que en la actualidad alberga al Casino Puerto de la Cruz.
El Lago de Martiánez fue inaugurado en abril de 1977 con una gran gala organizada por el Ministerio de Información y Turismo y TVE. Hubo 400 invitados e intervinieron como actuaciones estelares Isabel Pantoja, la bailaora La Chana, Los Sabandeños, el ballet de Don Lurio y un ballet acuático.
Fuente: Gomeraverde.com - Canarias

martes, 18 de marzo de 2008

Dejate llevar

Argentina - “Empezaba a bullirme en la cabeza un asomo de cálculo. Me atenía a unos números y probabilidades, pero pronto lo dejaba todo y volvía a poner sin casi darme cuenta de lo que hacía. Debía de estar muy distraído; recuerdo que los croupiers rectificaron algunas veces mis jugadas. Incurría en burdos errores. Mis sienes estaban bañadas en sudor y mis manos temblaban. ¡La suerte seguía siéndome propicia! ¡Había ganado aquí otros treinta mil florines y la banca cerraba también hasta el día siguiente!.” Así farfullaba –si no cabe decir “razonaba”– Alexei Ivánovich, el jugador de Dostoievski, este último también adicto al juego, por el que perdió a su familia y quedó en la ruina. Esa experiencia, repetida siempre, en cada lugar, llevó al mundo a acotar el juego en estrictos límites.
Aquí el 22 de julio de 1902 el Senado de la Nación presentó un proyecto de ley “prohibiendo los juegos de azar en la Capital de la República”. En su defensa, el senador Carlos Pellegrini calificó al abuso del juego como “un vicio que tiene consecuencias funestas para el hombre y para la familia”, como “un síntoma de riqueza y de abundancia”, y reclamó suprimir “la incitación al vicio” expresada “por medio de avisos, anuncios, carteles o de otro medio de publicidad”, de la que eran víctimas “las clases más fáciles de seducir: el pueblo trabajador, los menores de edad”. Entonces no había radio ni TV, cuyos mensajes llegan hoy a millones. Hoy se escucha: “jugar compulsivamente es perjudicial para la salud”, pero a continuación, una voz joven, femenina, acaso menor de edad, nos habla de un río cuya corriente va hacia donde tu imaginación le dicte, y asocia al juego con “toda la emoción, toda la imaginación”, y suscribe esa publicidad nada menos que la Lotería Nacional. Toda publicidad se paga, y sólo se contrata cuando los rendimientos esperados de ella son mayores. En un país en el que la mitad de la población es pobre y una estrecha franja se apropia de la mayoría de los ingresos, es claro que la publicidad apunta a tomar de esa franja una parte de sus enjundiosos recursos, y hacerlo a través de sus hijos. El aviso, tras sugerirte que todo lo que imagines es posible, aconseja ser pasivo: “dejate llevar”. Si Juan Escolaso te invita a jugar, dejate llevar. Si Juan Cafisho te da una cita, dejate llevar. Si Juan Narco te convida un porrito, dejate llevar. Con beneficencia así, ¿quién necesita maleficencia?
Fuente: Página 12 - Manuel Fernández López

viernes, 7 de marzo de 2008

Nat, el rey

Cuba - En marzo de 1956, en el vuelo semanal del Super G Constellation arrendado por el cabaret Tropicana, llegó a Cuba Nat "King" Cole. Lejos estaban los días de su infancia en Chicago, cuando su mamá, que dirigía el coro de la iglesia bautista donde el padre de Nat era pastor, le enseñara a tocar el piano. Ya era una estrella en su país y en Cuba gozaba de gran popularidad. Aquellos ojos verdes, Capullito de alelí y Ansiedad, cantados en un español genuinamente americano, estaban entre los números más escuchados en las victrolas de bares y cafés.
Eran momentos en que el negocio de las casas de juego auguraba un futuro prometedor en la Isla. Los magnates de Las Vegas y algunas familias de la mafia italo-americana, habían decidido invertir en grande en hoteles y otros sectores afines, y para ello movían sus influencias con los políticos de la Isla. La atractiva capital de la mayor de las Antillas se esforzaba por reproducir miméticamente, a expensas del resto del país, el “american way of life”. Cuatro flamantes casinos competían en La Habana por hacerse con los dólares de los turistas, mayoritariamente norteamericanos. Muchos venían a pasar solo el fin de semana. Otros llegaban, jugaban por la noche, y se iban a la mañana siguiente.
Y, al estilo de Las Vegas, el gancho para atraer más parroquianos estaba en los suntuosos shows y espectáculos de sus correspondientes cabarets. No es, pues, de extrañar que por los mismos días en que Nat King Cole actuaba en la pista de Tropicana, Lena Horne lo hiciera en el Montmartre y Tony Martin se presentara en el Sans Souci, como también lo hicieron otras figuras de la talla de Edit Piaf y Maurice Chevalier.
En esa primera visita a La Habana, Nat "King" Cole pretendió hospedarse en el exclusivo Hotel Nacional, pero la gerencia se disculpó por no tener habitaciones disponibles. Eran los tiempos en que en ese hotel no admitían “personas de color”, ni siquiera como trabajadores: El único empleado negro era un limpiabotas que trabajaba en el vestíbulo disfrazado de eunuco.
Como se esperaba, las actuaciones del "King" Cole en Tropicana fueron todo un éxito. Su cálida y melodiosa voz, sobriedad de gestos y elegancia cautivaron, sobre todo, al público femenino. Cuenta un testigo presencial que, desde una de las mesas situadas junto a la pista, la esposa de un alto oficial suspiró profundo y exclamó: “Si me lo pintan de blanco, doy un millón de pesos por acostarme con él.” Nat "King" Cole siguió cantando y ella bebiendo y, al poco rato, más excitada, gritó: “No me lo pinten de nada. Tráiganmelo ahora mismo.” Y el alto oficial tuvo que sacarla a rastras del “paraíso bajo las estrellas”.
Fue tal la acogida, que el avispado y próspero empresario lo contrató para la temporada siguiente. Comenzaba el segundo mes del año 57 y Tropicana anunciaba un show verdaderamente romántico para la noche del 14 de febrero, Día de los Enamorados. Nat "King" Cole volvería con su exquisita sensibilidad, su encantadora desenvoltura, su magia despojada de toda estridencia. Solo una condición agregó esta vez el artista: el empresario debería garantizar que él y su familia pudieran hospedarse en el Hotel Nacional. Y, desde luego, en esta ocasión sí hubo habitaciones disponibles.
Nathaniel Adams Cole (Nat "King" Cole): Nació en Montgomery, Alabama, Estados Unidos, en 1919. Destacado vocalista y pianista, dejó una huella permanente en el mundo del jazz, aunque su mayor fama la alcanzó después como intérprete de canciones románticas. Murió en 1965.
Fuente: solysonmagazine

sábado, 2 de febrero de 2008

Los argentinos y el azar: Me juego un numerito

Mempo Giardinelli.
El país de las maravillas.
Los argentinos en el fin del milenio.
Buenos Aires: Planeta, 1998
(Col. Espejo de la Argentina)
Si la relación de los argentinos con el dinero pasa por una dependencia demasiado vinculada a deseos y ambiciones, es evidente que el auge del pensamiento mágico abona precisamente este terreno. Somos un país en el que de las palabras se ha pasado, lentamente y cada vez más de modo más notorio, a los números. El argentino de la década de los ‘90 es un ser que sin llegar a taciturno es bastante menos expresivo que el de generaciones anteriores. Mira mucha televisión, piensa poco, conversa cada vez menos, y en general parece inclinarse hacia formas sustitutivas de la razón por el azar, y del análisis por el simple cálculo. La vocación del argentino por el azar es prima hermana de la de los personajes de Erskine Caldwell y Paul Auster, y no tiene nada que ver con las de Einstein, Kac o Prigogine (1). La obsesión por el dinero y cierto frenesí por mantenerse o trepar en la escala social hacen que la mayoría de los habitantes de nuestro País de las Maravillas se lance a vivir apostando hasta lo que no tienen. Como si se tratara de algo irresistible, impulsivamente parecen decirse: «me juego un numerito» y se largan a apostar.
En la Argentina la cantidad de loterías, quinielas, casinos y salas de bingo son alucinantes a fines de los ‘90. Sólo donde vivo, en un área que abarca dos capitales de provincia (Resistencia y Corrientes) habitadas por poco más de medio millón de personas, la gran mayoría de las cuales viven en horrorosas condiciones de pobreza y marginalidad, víctimas del desempleo masivo porque en los últimos veinte años se han cerrado más de 200 industrias, hay tres casinos, dos bingos y más de una docena de salas de máquinas tragamonedas de apostar llamadas «video-póker» o, en la jerga popular, «timbas electrónicas», las cuales están abiertas las 24 horas. Esa pasión por el juego es un fenómeno preñado del pensamiento mágico, pero es también una manifestación de la urgencia neurótica que parecen sentir tantos argentinos de que la Diosa Fortuna llegue a ellos. Pasión que, además, parece ocultar otra gravísima cuestión: el negocio del juego (2). «Me juego un numerito» es, entonces, tanto un mito como una pasión que en cierto modo hace a la naturaleza humana, por supuesto, pero que es una característica impactante de esta asombrosa Argentina posmoderna que iniciará el tercer milenio.
La Diosa Fortuna —conviene recordarlo— es una figura de la mitología romana, diosa de la suerte, del acaso, de lo imprevisto, del capricho de las cosas. Se le erigieron templos en Roma, Esmirna y en otras ciudades, y se la representa con los ojos vendados, una rueda al lado y vaciando una cornucopia (que es un enorme vaso con forma de cuerno y lleno de frutas y flores, que representa la abundancia, el famoso cuerno de la abundancia). Su visita, su ansiada mirada sobre nosotros, constituye una esperanza generalmente descartada por el yo racional que todos tenemos, pero fervientemente alentada por el otro yo, el irracional, que también tenemos y que desdichadamente en la Argentina finimilenarista es estimulado constantemente. Y esperanza que, todos lo sabemos, otro mito universal asegura que es lo último que se pierde.
De hecho, por pensar de esta manera es que muchos se lanzan a ver si les toca en suerte un golpe —como se dice— de la Diosa Fortuna. Decir «me juego un numerito», además, implica esconder o disimular en el monto modesto el pecado del jugar los pocos pesos de la casa, los últimos magros ahorros. El diminutivo, en cierto modo, pretende atenuar o lisa y llanamente encubre la culpa del jugador.
Son infinitas las formas de la timba, como lo son las de la culpa. Aparte del tute y el truco, aparentemente inocentes, en la Argentina se practicaron los más diversos juegos de azar en todas las épocas, como los que se jugaban a caballo (el llamado «juego del pato» se tiene por deporte nacional) o la popularísima taba, que debe su nombre al astrágalo o hueso del pie y que consiste en arrojar la taba de carnero al aire (3). Algunos de esos juegos criollos se mezclaron con los que practicaban los inmigrantes y muchos terminaron siendo deportes, como las populares bochas o la pelota a paleta (el Jai Alai que todavía se juega por dinero en otros países y que en la Argentina fue tan popular a fines del siglo XIX, cuando empezó a ser sustituido por el fútbol).
Precisamente la taba, ese viejo juego de los gauchos que consiste en arrojar el hueso al aire, es una simbolización perfecta de la idea de tentar a la Diosa Fortuna. Es como mover la rueda que acompaña a la diosa. Según el número que nos toque, o de qué lado caiga ese hueso semicuadrado, ganaremos o perderemos. El argentino ha acuñado una frase que alude perfectamente a eso: se juega esperando «dar vuelta la taba». Darla vuelta es cambiar el destino. Es siempre sinónimo de triunfo: ganarle la partida a la Fortuna. Que es como ganarle a la muerte, en cierto modo.
Incluso la música popular porteña, el tango, ensalza y consagra los juegos de azar. La timba, el escolaso, aparece nombrado en muchos tangos que cantan loas a las carreras de caballos (los burros, en la jerga hípica), a los naipes y, en general, a la esquiva fortuna. Las letras siempre tienen un doble mensaje, contradictorio. Por un lado critican las consecuencias nefastas del azar, pero a la vez destacan las supuestas «cualidades» del golpe de suerte, con lo que desdeñan el progreso lento, producto del trabajo y del ahorro.
Esa idea de golpe, de repentismo revanchista que encierra la pasión timbera, hace que el jugador viva preso de las infinitas, oscuras y rebuscadas cábalas de las que inexorablemente es capaz. Esto es para decir que hay un vastísimo, imaginativo mundo de pensamiento mágico que rodea al juego, a las apuestas. Todo un mundo sofisticado y enigmático el de las cábalas, que cada uno tiene y respeta a su manera. Evidentemente, con los años y sobre todo recientemente, los juegos (dicho en sentido lúdico: de divertimento y competición) dieron paso a formas más desesperadas. Y digo desesperadas en el sentido de que son formas producto de una esperanza neurótica, irracional, mágica. Porque la apuesta sistemática y obsesiva es siempre una neurosis. Y esa esperanza de ganar es una expresión de la desesperación. La cual se ha ido generalizando en la medida que la situación económica argentina se fue deteriorando más y más, la dependencia del dinero fue aumentando y la insatisfacción creciente generó decepción y desasosiego. Paulatinamente se multiplicó la oferta de juegos (aparecieron Lotos, Quinis, Destapes y toda una gama de remotos premios súbitos) y los juegos que se fueron ofreciendo incentivaron la pasión de la gente por el azar. A la vez esa pasión desesperada alimentó la imaginación y surgieron más juegos, conformándose un perfecto círculo perfectamente vicioso (4).
El furor, por cierto, se explica por la situación socio-económica imperante, pero también porque, de hecho, la pasión indetenible por jugar y apostar, desafiando así a la Diosa Fortuna, es una adicción. Una más de la patología social de este fin de milenio, donde la pasión por los números y el azar degenera casi en locura por apostar hasta lo que no se tiene. Cuando ya se ha perdido todo (obviamente el juego de apuestas está organizado para que el jugador pierda, y es su fundamento y razón que gane sólo excepcionalmente), el último escalón es la dignidad. Que también se pierde, y compulsivamente como sucede con todas las adicciones.
En la memorable novela de Fedor Dostoievsky, El jugador, una de las obras cumbres de la literatura del siglo XIX, se narra la compulsión de un jugador de ruleta que se destruye a sí mismo en unas pocas noches de casino. Y entre nosotros Juan José Saer ha creado un jugador compulsivo único, inolvidable, en su novela Cicatrices. Hay también bastante cine sobre este asunto que —sin dudas— se ha ocupado de los aspectos más sórdidos de la siempre en apariencia inocente pasión por el juego, que puede llegar a ser una grave enfermedad y ha dado nacimiento a organizaciones como «Jugadores Anónimos».
El espíritu lúdico, el sano entretenimiento como actividad para el rato de ocio se ha ido perdiendo, bastardeado, a medida que iba cambiando el humor de los argentinos. El humor, digo, entendido como fundamento de la risa pero también como espíritu activo, ánimo con el que encaran la vida. A la vez que los argentinos nos volvimos más duros, más solemnes y recelosos; algunos, resentidos y muchos tan envidiosos, también el espíritu lúdico cambió. Suficiente prueba es comprobar el descrédito de los juegos familiares de antaño y ni se diga de los juegos que apelan a la inteligencia, frente al auge indetenible de los supuestos «sorteos», «premios» o «aciertos» televisivos que no son otra cosa que recursos para mantener audiencia constante y que tanto embrutecen a los argentinos. Prácticamente no hay programa de televisión, en horarios centrales, sean humorísticos o los llamados «espectaculares», que no incluyan la posibilidad de que el telespectador «gane» una pequeña fortuna o algún llamado «premio consuelo». Mala copia del negocio del entretenimiento que es tan común en una sociedad bastante satisfecha de sí misma como es la norteamericana, en la Argentina este tipo de televisión desanda los límites entre lo ofensivo, el pésimo gusto y la debilidad mental. Como sea, es obvio que del espíritu lúdico los argentinos se pasaron, se diría que masivamente, al puro azar y la timba enfermiza, la esperanza mágica o el escolaso vicioso. De la apuesta eventual, a la desesperación sistemática.
En otras sociedades se cultiva el viejo sueño —también un juego, finalmente— de amasar un millón de dólares. Se supone que se llega a redondear esa fortuna guardando una moneda cada día, por lo cual hay que trabajar duro y ahorrar parejo. En los Estados Unidos se cuentan y circulan miles de casos, y el sistema mismo se encarga de propagandizalos, encomiásticamente, como ejemplos de las fabulosas oportunidades que el sistema ofrece. Pero en la Argentina no hay tiempo para eso: aquí se espera el llamado «golpe de furca», el pase mágico, el «pegarla de una buena vez», para lo cual, cada día, uno se «juega un numerito». Lo cual entraña, como es obvio, el sueño de salvarse, verbo que deviene palabra clave. «Salvarse», igual que el vocablo «zafar», implican romper incluso con las reglas de oro del sistema capitalista: ni trabajo ni ahorro, salvarse o zafar significa salir de pobres de una vez por todas; de una y para siempre; correrse del lugar en el que se está a disgusto. Y también cambiar la mirada sobre el mundo y, acaso, ser mirado por el mundo de otro modo, que se imagina mejor.
Pero sobre todo conlleva otra idea, la más nefasta de la pasión por el azar: la idea de que no se hace fortuna trabajando. Idea, la de apostarlo todo al azar y al golpe de suerte, que está sólo un pasito antes de la corrupción. Porque si no se hace fortuna trabajando, el argentino ha recibido el mensaje clarísimo de que entonces o se hace mediante la suerte o mediante la coima. Como al inicio de los ‘90 lo admitió —pública, enfática, irresponsablemente— un prócer contemporáneo del menemismo, mientras otro prócer postulaba que no era condenable «robar para la corona» y el país se sumía en los más numerosos y groseros escándalos de corrupción del siglo. No trabajar era la clave. Irónica anticipación del desempleo generalizado que se generó durante el cierre del siglo XX, y que es fácil vislumbrar como el más grave problema social de la Argentina en el inicio del siglo XXI.
Finalmente hay que decir que la pasión por lo juegos de azar, así como el desenfrenado fomento reciente, también han respondido a una verdadera Política de Estado. Porque por supuesto que es verdad que siempre hubo juego, pero es muy fácil comprobar que en los últimos treinta años han sido los sucesivos gobiernos los que lo han fomentado. Desde los tiempos en que el entonces Ministro de Bienestar Social Francisco Manrique creó los Pronósticos Deportivos, el popular Prode que hizo furor hace un cuarto de siglo, el crecimiento fue incesante. No hubo un solo gobierno —civil o militar— que no fomentara los juegos de azar.
La pregunta es: ¿Por qué lo hicieron? Podría pensarse que lo hicieron con propósitos inconfesados: primero se dijo que era una manera de controlar el juego clandestino (lo cual era falso porque la quiniela extraoficial jamás desapareció y aún hoy la quiniela barrial clandestina es una institución nacional y es fama que suele estar amparada por funcionarios policiales de menor cuantía). También se dijo que era una manera de recaudar dineros mediante los elevados impuestos a los juegos de azar. Pero todo eso, sin ser falso, no responde cabalmente la pregunta. Los que los gobiernos han impulsado e impulsan fomentando el juego —es mi hipótesis— no es otra cosa que una forma eficiente de control social. Y es que cuando la desesperanza gana a la gente, la gente se inventa esperanzas mágicas. El juego, la timba, es siempre una esperanza. Irracional y azarosa, pura tómbola lúdica, pero esperanza al fin. Por eso los gobiernos, cuando no pueden dar respuesta a las buenas y naturales expectativas de la sociedad, fomentan ese tipo de ilusiones que anestesian a la gente, la mantienen ocupada y distraída, y de hecho hacen que esa gente no cuestione nada.
Como si la antítesis fuera trabajo versus juego, esfuerzo versus timba, en la Argentina de las últimas décadas hasta las finanzas, las públicas y las privadas, se volvieron y se llamaron timba. La timba financiera de la llamada «plata dulce», las mesas de dinero, el mercado negro, los endeudamientos sin respaldos se volvieron filosofía, estilo de vida, y se infiltraron en todos los estamentos de la sociedad argentina. Incluso la corrupción puede ser también vista como un «juego» de poder. La timba financiera dio paso al remate de los bienes públicos. La liquidación de las llamadas «joyas de la abuela», que nos dejó sin patrimonio y con la vieja deuda ahora multiplicada, no ha sido otra cosa que un juego perverso, nefasto, con alevosía y ventaja, del que la mayoría de los argentinos todavía no termina de darse cuenta.
(1) Los personajes de Caldwell generalmente se ponen en manos del azar de las maneras más irresponsables, como en El camino del tabaco. Un poco más conscientemente los de Auster en La música del azar. En cuanto a la afirmación de Albert Einstein (»Dios no juega a los dados») y la pregunta del matemático Marc Kac (»¿Cuán aleatorio es el azar?»), vale la pena detenerse en la idea de la relatividad restringida y «el azar intrínseco de los sistemas dinámicos» de Ylia Prigogine, en ¿Tan sólo una ilusión?, Tusquets Editores, Barcelona, 1993, págs. 147 y ss.
(2) Quien firma estas páginas no podría probarlo pero tampoco tiene dudas de que la proliferación de casinos en todo el país, esta locura timbera que no perdona a ninguna provincia y es especialmente nutrida en áreas fronterizas, muy posiblemente tiene que ver con el lavado de dinero del narcotráfico.
(3) Se gana si al caer queda hacia arriba el lado llamado «carne»; se pierde si queda el reverso, llamado «culo»; y no hay juego si sale «chuca» (que es el lado cóncavo) o si sale taba, que es el cuarto lado.
(4) Las técnicas modernas de comercialización —el llamado marketing— han desarrollado sistemas para ilusionar a los clientes con que «han ganado un premio» cuando en realidad sólo se les quiere imponer un producto. La competencia comercial publicitaria, por otra parte, ya no se basa en anunciar la calidad de los productos sino en los «premio» (cupones mediante) que se prometen.
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Fuente: tangomias - Tino Diez