España - Alicante - El Casino de Alicante, que abre mañana, cuenta con 127 directores de juego.«No va más». Así comienza una partida de black jack en una de las mesas del Casino de Alicante bajo la atenta mirada de la crupier, que reparte dos cartas a cada jugador. La apuesta mínima es de cinco euros y en las primeras partidas gana la banca. En la mesa, que lleva estampado en el paño el logotipo de llamarada azul y roja alegórica a Alicante y a sus Hogueras que preside la fachada, hay un taco de billetes de 500 euros. No son reales, sólo fotocopias para las prácticas que han estado haciendo en las últimas semanas los trabajadores del casino, que el martes abre sus puertas tras un año de obras y 30 millones de inversión.
En estos ensayos sacan cartas, mueven fichas, tiran la bola a la ruleta. Ellas llevan pantalón y levita con dibujos de naipes y ellos chalecos con los mismos motivos: es la indumentaria que lucirán en las mesas del casino, que abrirá todos los días desde las 13 horas hasta las cinco de la madrugada. En las salas de ruleta, póquer y black jack van de negro y el personal de las máquinas, de rojo en un mundo de neón, luces y colores que hace que, una vez dentro, se pierda la noción del tiempo.
La empresa ha moldeado en su propia escuela de formación al personal con nociones teóricas en el Casino de Villajoyosa durante seis meses y dos más de prácticas en el de Torrevieja, expuestos a la tensión del juego real. Para futuras promociones abrirá su propia escuela de crupieres, profesión incluida en el catálogo de ocupaciones de difícil cobertura del Ministerio de Trabajo, quizá por ser sobre todo nocturna.
Brenda, argentina de 20 años, iba conduciendo cuando escuchó en la radio que buscaban personal para el Casino de Alicante. «Me llamó la atención porque no es un trabajo muy común».
Estudiaba Publicidad y Relaciones Públicas y pese a ser un mundo desconocido para ella, se sintió atraída por el proyecto. «Es un trabajo de mucha responsabilidad y sobre todo me gusta la ruleta, es el juego más dinámico». A Brenda siempre se le han dado bien las matemáticas, y eso le ayuda en su nueva labor. «Estás activa, nunca tienes la mente en blanco», apunta. En estos meses ha aprendido todos los juegos y para ella las prácticas han sido «lo mejor» por el contacto con los clientes. «Me gustaría ser de las primeras en estar en la mesa, en ella se van todos los nervios».
La empresa del Casino inició en febrero de 2008 la selección del personal con entrevistas que ha culminado con la contratación de 200 trabajadores, la mayoría, 127, para las mesas de juego y el resto camareros, cocineros y ayudantes de cocina del restaurante Azar, que está dentro de las instalaciones. También hay empleados para el mantenimiento y seguridad interna, personal que vigila las partidas en sala, vela por el correcto funcionamiento y resuelve dudas.
En el grupo de juego hay crupieres, jefes de mesa, personal de caja, recepción y máquinas, explican Antonio Barajas, director general del casino, y Luis Mayordomo, responsable de Recursos Humanos. Hasta perfilar la plantilla de juego hicieron entre 300 y 400 entrevistas, «con pruebas orales de cálculo mental rápido y ágil, pequeños acertijos y pruebas de habilidad.
Ya en las entrevistas nos fijábamos en las manos, les hacíamos cortar naipes, barajar, coger fichas para ver cuántas podían abarcar con la mano...». La experiencia no era necesaria «porque casi es mejor no tener vicios adquiridos. Aunque los juegos son los mismos en todos los casinos, no ocurre lo mismo con los procedimientos de seguridad y tampoco existe una formación profesional reglada de crupier, por eso preferimos formarlos nosotros». Se les enseñó la teoría del juego, desde la apertura de mesa al cierre, los procedimientos, desconocidos para muchos de ellos, cómo barajar, cómo tirar la bola en la ruleta, cómo dar las fichas y repasaron operaciones matemáticas basadas en determinadas tablas de multiplicar que tienen que manejar y que son complicadas. Y aunque en las mesas hay aparatos en los que se introducen hasta seis barajas y que mueven aleatoriamente las cartas, crupiers en prácticas hacen verdaderos malabares con ellas.
Valoraron el dominio de idiomas y una buena presencia, han elegido más mujeres (un 58%) porque superaron mejor las entrevistas y predominan los menores de 30 años. Hay excepciones como la de Nacho, que a sus 50 años regresa a las salas de juego tras un paréntesis de más de una década en la que ha trabajado en una inmobiliaria, en una notaría y ha dirigido un geriátrico.
En 1981 comenzó en el Casino de Villajoyosa aunque tras varios lustros lo dejó por el horario y la carretera, ya que vivía en Alicante. «Me enteré de que abrían el nuevo casino y me picó el gusanillo. Echaba de menos el ambiente, el juego...».
Pese a su experiencia también ha pasado por la escuela «a reciclarme un poco» porque algunos procedimientos han cambiado. «No conocía el póquer Texas y el punto banco no lo había trabajado. En Villajoyosa manejé la ruleta americana, el black jack, el póquer caribeño y la ruleta francesa, que aquí no está». En las prácticas en el Casino de Torrevieja se reencontró con muchos clientes «y me reconocían». Tras valorar el trabajo en el geriátrico, «más duro», con doce horas seguidas sin parar ni desconectar los fines de semana, ha optado por volver al casino, que le ofrece cuatro días de turno y dos libres. En estos años ha acabado Psicología, lo que también le servirá para tratar con los clientes.
Porque, según los directivos del casino, un buen crupier debe tener autocontrol y no perder las formas en las situaciones más tensas. «Hay clientes supersticiosos, a veces maniáticos». Durante su trayectoria, Antonio Barajas y Luis Mayordomo han visto clientes sacando una pata de conejo, herraduras, estampitas de la virgen y alguno hasta ha tirado una cabeza de ajo debajo de la mesa para tentar a la suerte. «Los hay que llevan siempre la misma corbata, que van a la misma mesa, apuestan con la misma mano, vienen días pares o impares, es inherente al concepto del juego».
En los últimos tiempos proliferan jugadores con «gafas de sol enormes y gorra hasta las cejas para conseguir ´cara de póquer´ y que nadie les vea ningún gesto». Y hay crupieres que durante su carrera han visto ganar 100.000 e en una noche y perderlos en un momento.
¿Los secretos del oficio? Aseguran que ninguno inconfesable. «Agilidad mental a la hora de hacer los cálculos para dar los pagos con rapidez y sin equivocarse, y para ello el crupier tiene sus propios trucos matemáticos. Las partidas van rápidas, aumenta ocho o diez veces la apuesta inicial. Cuanto antes monte el juego antes se acaba la partida y se puede iniciar otra con más volumen de apuestas, lo que no quiere decir que lleve a más beneficios para el casino, porque hay días que se cierra en números rojos». Cuando pierde la banca, si el crupier ha sido profesional «se le da la enhorabuena al jugador y a seguir», asegura Barajas. Y los más veteranos entre los crupieres llegan a ser jugadores tan avezados como los mejores.
Es importante la destreza manual: una persona torpe con las manos o que le suden no podría llegar a ser crupier. Después «esfuerzo y constancia». Y que el trabajo le guste. A Marian, jefa de mesa a sus 29 años, le fascina. «Me encanta todo de esta profesión, es alucinante. El contacto con la gente, con los jefes, estoy supercontenta». Lleva ya once años en casinos, desde los 18. «Un crupier -explica- tiene que tener higiene, educación, cálculo matemático, disciplina, puntualidad y un trato educado con el cliente, porque no puedes estar como vendiendo tomates en el mercado».
Y le encanta la noche. «Duermo poco, y me recupero con una siesta. Me da tiempo a estudiar, a hacer deporte, cocinar...este trabajo ayuda a saber organizarse».
Marian está aprendiendo chino porque muchos clientes son de esa nacionalidad. Además dos crupieres son orientales. Los hay españoles, sudamericanos y otros europeos. Necesitan un carné de juego que expide la Conselleria de Economía y Hacienda siempre que no tengan antecedentes penales, permiso de trabajo en el caso de los extranjeros y un precontrato con una empresa dedicada al juego, en este caso Casino Mediterráneo, todo ello tramitado por el interesado. Ya en sala, la experiencia les permite aprender a conocer al cliente y detectar a los problemáticos. «Hay jugadores de ventaja que intentan apostar cuando la bola, en la ruleta, ha caído y se sabe el número», afirman Baraja y Mayordomo. La dirección distingue entre el cliente tramposo, al que se invita a dejar la sala cuando es detectado, y el contador de cartas, «mitos del cine porque en cada partida se baraja de nuevo. Pero si hay una persona que tiene mucha memoria y las retiene no hay problema», en contra de lo que ocurría en la película 21 Black Jack. Otro mito, que los casinos desvían los cilindros de la ruleta: ellos garantizan que el aparato «está al 99,9% equilibrado».
Si el cliente se siente bien tratado, y gana, da buenas propinas al crupier, un hábito internacional que supone una parte importante del sueldo de los trabajadores. Los crupieres han de estar especialmente despiertos los sábados, días de mucha afluencia, con clientes que a veces juegan en dos mesas y de los que otros se pueden aprovechar si los ven despistados. Ahí «tienen que controlar, dar la razón al ganador, y si no, ir a las cámaras, porque esto no es una timba». Según la dureza de las partidas hacen descansos y relevos cada hora y media o dos.
Una excesiva confianza de un crupier con un jugador puede despertar la desconfianza de otro, por lo que «el trato debe ser correcto y educado pero manteniendo la distancia». El contacto físico está prohibido, ni siquiera pueden estrecharse la mano pues este gesto puede esconder una ficha. El crupier tampoco puede llevar en mesa un reloj muy grande por el mismo motivo. El reglamento prohíbe a un crupier apostar en su casino y en otros «no debe».
También se requiere una mente fría por la propia claridad del juego. Si perciben «algo raro o hay dudas», deben parar la partida y llamar al jefe de mesa, y si no se resuelve la situación interviene la dirección. Si hay más dudas, se llama a seguridad interna -trabajadores con traje que vigilan en la sala- y también es posible visionar (en zona reservada y sólo la dirección), la partida, ya que todas se graban. «Es un trabajo de mucha responsabilidad, en el que se mueven fichas, y eso es dinero».
La ruleta es el juego favorito de Antonio tras siete años como crupier. «Quiero ir mejorando, es un trabajo que me llena y cada día aprendes algo nuevo». Ya es jefe de mesa, y su intención es «ir a más y llegar a lo más alto que pueda». Hasta que decidió acompañar a su hermano a una entrevista para el casino de La Vila nunca había entrado en uno ni sabía nada de juego. «Me encanta la relación con mis compañeros». El estrecho compañerismo y las frecuentes relaciones sentimentales son inherentes a un trabajo que sus jefes califican de sacrificado por su carácter de nocturnidad que lleva a unos componentes vitales especiales. Otro crupier, Alberto, de 31 años, estudió electrónica y tras dos años en la empresa pidió el traslado a Alicante porque «quiero participar en esta apuesta». Sus amigos le envidian porque «es un chollo, tengo tiempo libre». La curiosidad por su profesión le ha llevado a visitar casinos en Madrid, Barcelona y Amsterdam y le gustaría ir a Las Vegas.
El de Alicante permitirá jugar a las máquinas con un céntimo y en las cartas la apuesta mínima es de 2,5 euros. «El gran cliente, el de las películas, que aparcaba su Ferrari en la puerta, está en extinción». Aún queda cierto glamour pero los trajes y corbatas -antes había en las recepciones para el cliente que no llevara- ya no son obligatorios. «Con ropa de playa y chanclas no se podrá entrar pero tampoco es necesaria la chaqueta».
En el control se prohíbe acceder a menores y «autoprohibidos» por procesos de ludopatía. El casino quiere ofrecer a sus clientes «buen ambiente y seguridad»: si conocen una partida ilegal lo denuncian a la brigada de juego de la Policía, y ante un profesional el control avisa para evitar que pueda «desplumar» a otros clientes.
Fuente: diarioinformación




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