domingo, 8 de junio de 2008

La ruleta se adapta a los tiempos

España - El 'nuevo' Casino donostiarra cumple treinta años. El mundo del juego mantiene una clientela fiel y discreta que ha evolucionado.
Esto no es Las Vegas, aunque algunas de sus imágenes, como la ansiedad del cliente ante la máquina o la expectación de los jugadores ante el baile de la ruleta, podrían parecerlo. Esto es el casino Kursaal de San Sebastián, el viejo edificio ubicado en la calle Mayor que constituye una pequeña catedral del azar. El casino cumple el martes treinta años de su «segunda vida» y la efemérides va más allá de una celebración de empresa. Porque el casino ha dado mucho juego en la historia de San Sebastián.
El último siglo y medio de historia de la capital guipuzcoana está asociado a los casinos: el viejo casino municipal, ubicado en el edificio de Alderdi Eder que hoy es sede del Ayuntamiento, fue epicentro de los años gloriosos del veraneo real y la belle epoque. El Kursaal, levantado en 1922 donde hoy están los cubos de Moneo, fue más que un casino: sus promotores «regalaron» a la ciudad el puente de la Zurriola y patrocinaron numerosas iniciativas ciudadanas.
Pero la dictaduras de Primo de Rivera, primero, y Franco, después, prohibieron el juego y los casinos pasaron a la historia. Y tras la muerte del dictador fue precisamente el Ayuntamiento de San Sebastián, con el entonces concejal Otazu a la cabeza, quien con más ahinco peleó por la legalización del juego: se soñaba, quizás, con que las ruletas trajeran nuevamente lustre a la capital guipuzcoana. Aunque el mundo había cambiado y los casinos no eran ya los motores sociales que fueron en otra época.
La Toja «esperó» un día
El 10 de junio de 1977 una ruleta de San Sebastián acogió la primera jugada «legal» de un casino en España tras el levantamiento de la prohibición. El gobierno central concedió 18 concesiones en toda España y en el caso de la capital guipuzcoana la licencia fue para la sociedad Nuevo Gran Casino Kursaal en atención a su historia... y las condiciones presentadas.
Conseguidas las licencias los concesionarios se pusieron manos a la obra para abrir cuanto antes.
Y aunque el Casino de la Toja, en Galicia, estaba preparado para abrir incluso un día antes que el donostiarra, pospuso su inauguración 24 horas para dejar que Donostia tuviera el privilegio histórico de ser el primero en recuperar la tradición del juego.
El nuevo Kursaal se instaló en los salones del hotel Londres y ahí, en una ceremonia cargada de historia, Leandro Dendariarena, viejo croupier de la anterior etapa del Kursaal, lanzó la bolita a la ruleta. El casino pasaría luego, en 1999, al edificio de la Parte Vieja donde se encontraba, precisamente, el cine Petit Casino: parecía un enclave predeterminado para este centro de juego que, según sus responsables, cumple treinta años «con buena salud y adaptado a los nuevos tiempos», tal como afirman Boris Fernández, responsable de Prensa del casino y Odón Elorza Brauer, relaciones públicas.
Vigilancia gubernamental
¿Cómo son los casinos en los tiempos de las apuestas por internet? Desde luego, bien distintos a lo que dice la leyenda. El mundo del casino ha originado toda una épica literaria y cinematográfica en la que los clientes hacen saltar la banca o salen a veces arruinados, embutidos en el tonel de madera que dibujan los chistes.
Pero nada de eso existe hoy: la obsesión por la seguridad, la vigilancia intensiva del Gobierno Vasco, cuya dirección de Juegos y Espectáculos supervisa cada detalle, y un afán de discreción que comparten clientes y empresa ha quitado mucho glamour a este mundo. Aunque como dice Boris Fernández, «el verdadero glamour está en la descarga de adrenalina que te produce ver cómo da vueltas la ruleta sabiendo que tus fichas están sobre el tablero».
La empresa del casino Kursaal es hoy propiedad de los trabajadores, en parte, y de una sociedad de inversión con capital japonés, entre otras procedencias, con casinos en otras ciudades de España y del mundo.
El edificio del casino es un microcosmos donde conviven las ofertas para el juego y la diversión.
La «sala de máquinas», las populares tragaperras, aunque en la oscuridad de esta sala parezcan adquirir una mayor sofisticación, ubicada en el salón a ras de calle, abre de diez de la mañana a cinco de la madrugada. Su público es el más plural: ahí juegan desde amas de casa hasta habituales que se acercan un rato a probar suerte. Por la mañana puede verse a media docena de personas echando monedas a las máquinas y por la tarde o noche más aventureros de la fortuna pasan por aquí.
El complejo del casino incluye también el restaurante La Boule y, en el sótano, un bar de copas.
En la planta superior funciona el espacio consagrado a las apuestas hípicas. Desde hace un par de años la misma empresa del casino gestiona el hipódromo de Zubieta y habilita aquí un lugar donde apostar en las carreras de caballos de los hipódromos españoles y franceses, entre otros.
La joya de la corona
Pero sin duda la joya de la corona es la sala de las ruletas y las mesas para jugar a cartas. Este amplio salón es el que ofrece la imagen más clásica de un casino, con sus cuatro ruletas y sus cuatro mesas para el juego del black jack o el póker.
Por las noches es cuando esta sala ofrece una estampa a pleno rendimiento, pero la imagen de esa actividad no puede reproducirse en el periódico: las estrictas medidas de seguridad y discreción impuestas por la normativa legal impiden que puedan tomarse fotos o videos de lo que sucede aquí. O sea que habrá que contarlo con palabras.
Es una fauna hetereogénea. Matrimonios elegantes, cuadrillas de treintañeros, jugadores solos y turistas extranjeros se mezclan en torno a las mesas. Dicen los responsables del casino que hay una nutrida clientela que repite y cícilicamente visita sus instalaciones, «pero también mucha gente que a veces viene a tomar una copa y probar».
Cualquier observador no habitual que aterrice aquí un sábado por la noche encontrará desde luego un panorama absolutamenmte novedoso: parece estar en «otra» ciudad. Y más a medida que avanza la hora, porque el casino no cierra hasta las cinco de la mañana, que en agosto suelen ser las seis.
Dinero en juego, horas intempestivas... ¿No hay problemas de orden público? «Son extrañísimos», responde Boris Fernández. «Disponemos de un filtro de seguridad y personal especializado que evita los problemas antes de que puedan surgir.
¿Y la ludopatía? «Las personas que tienen problemas de juego y no quieren reincidir pueden inscribirse en el registro de entrada de forma que se les prohíba el acceso aunque ellos, en un momento de 'debilidad', quieran jugar», sentencia Boris Fernández.
La ruleta se adapta a los nuevos tiempos. El casino es hoy más un espacio de esparcimiento donde poder jugar que un espacio relacionado con la épica de Montecarlo o el colorido de Las Vegas. «Somos un establecimiento discreto, como nuestra propia clientela», resumen sus responsables.
En esa línea la celebración de los treinta años se realiza también de manera tranquila. Austeros «cumpleaños» compartidos con los clientes habituales marcan una efemérides en la que los rectores del casino dicen querer recordar «la tradición que ha tenido nuestra empresa de implicacion con la sociedad guipuzcoana». Y en ese sentido recuerdan sus patrocinios de fiestas y grupos de la ciudad. El juego da mucho juego.
Fuente: diariovasco

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