Confesiones de un jugador. En el juego, como en el amor, para que exista el verdadero placer es necesario participar de cuerpo y alma.Francis Brett Harte a lo largo de su vida ensayó la poesía, el teatro y la novela, escribió más de cuarenta libros, pero jamás logró superar a Bocetos Californianos, su primer volumen de cuentos. Acaso sin saberlo, estaba fundando la literatura del Far West. Que el enunciado no confunda: los personajes de Brett Harte nada tienen que ver con duelos a tiros de Colt o robos a bancos a punta de Winchester. Hay, sí, saloons iluminados con lámparas de kerosén, con prostitutas, mesas de juego y tahúres. En ese escenario y con esos personajes se desarrolla "Los expulsados de póker Flat", cuento que Borges definió como una patética obra maestra. Dice haberlo leído cuando era un chico de doce años y asegura "que me acompañará, bien lo sé, hasta el fin del camino: el blanco y negro naipe clavado por la firme navaja en el tronco del árbol monumental, sobre el cadáver de John Oakhurst, tahúr". A veces pienso que secretamente Borges conocía las reglas del póker; digo esto porque para entender la epopeya de John Oakhurst en toda su magnitud es preciso ser jugador de póker. Hay que haber estado horas y horas bajo la luz de un foco proyectada sobre la mesa, con cinco cartas en la mano y la vista yendo sin descanso de las fichas multicolores desparramadas en el paño verde a la cara de cada uno de los jugadores. Para comprender lo que es el póker es necesario haber vivido ese vértigo secreto que se siente cuando, luego del descarte, recibimos la baraja que puede signar nuestro triunfo, o haber padecido ese otro vértigo, también secreto, el que se sufre cuando la carta que llega nos conducirá sin consuelo a la derrota. Sólo aquel que haya pasado noches junto a una mesa de póker, entenderá las palabras del tahúr de Brett Harte, "escritas con lápiz y con mano firme: Debajo de esta cruz yace el cadáver de John Oakhurst, que tuvo una racha de mala suerte el 23 de noviembre de 1850 y entregó sus fichas el 7 de diciembre de 1850".
Jugar es un acto de amor
Como cualquier otro juego de cartas que se maneja por apuestas, el póker necesariamente se disputa por dinero. Dicho así podría pensarse que todo se reduce a un mero ejercicio mercantilista, con la poca o escasa emoción que esos ejercicios suelen tener. Quien piense eso se equivocará de cabo a rabo: el póker es una ceremonia apasionante, más allá de la plata que se apueste. Hay otros juegos, de cartas o no, en que el "Poderoso Caballero" cantado por Quevedo es invitado ineludible; sin embargo, la mayoría de ellos me aburren. No acepto que todo quede en manos del azar. Tirar los dados o descubrir las barajas del monte son ejercicios para principiantes. La glamorosa ruleta y su versión pobre y popular, el Bingo, me parecen himnos al tedio. No logro entender que hombres y mujeres inteligentes pasen horas y horas aguardando que un señor con voz cavernosa cante los números que podrían favorecerlos. La pura timba, al puro azar, es una falta de respeto a los jugadores de ley. ¿Quiénes son esos jugadores? Aquellos que ignorando a la buena o mala fortuna e iluminados por su propia estrella, deciden cuándo y cómo apostar. Pierden sin rencor y ganan sin alboroto. Lejos están de esos remedos de robots que con devota prolijidad marcan en un cartón de mala muerte los números que les canta un muñeco parlante.
Jugar es un acto de amor y de esa manera debe vivirse. Recuerdo una infortunada partida de Black Jack en el Casino de Las Palmas de Gran Canaria. Tal como le había sucedido a John Oakhurst, yo estaba pasando por una racha de mala suerte: perdía una postura tras otra. Ahí cometí el primer error: en lugar de cambiar de mesa me empeciné en ganarle al croupier. Dejé hasta el último centavo. Una semana después encontré al croupier por casualidad. Lo invité a un whisky, hablamos del Casino y de aquella partida. Antes de pedir la tercera copa, me reveló un secreto: dijo que odiaba las cartas. Aseguró que no le gustaba jugar, lo hacía porque era un trabajo muy bien remunerado. Me dijo la cifra, "sin contar las propinas", concluyó. Esa confesión me dolió más que el dinero perdido: aquella noche, en el Casino, me había enfrentado a un falso jugador; eso no tiene perdón.
En el juego, como en el amor, para que exista el verdadero placer es necesario participar de cuerpo y alma. Cuando oí las palabras del croupier, cuando supe de su odio a las cartas y de su absoluta indiferencia hacia las partidas, imaginé que el Casino de Las Palmas de Gran Canaria, que todos los Casinos del mundo, no eran más que gigantescos prostíbulos. Había que aceptar que los croupiers, como las prostitutas, lo hacen por dinero, son ajenos a la pasión y, más aún, al amor. No visito prostíbulos y he dejado de ir al Casino, pero mantengo encendido el placer de jugar. Desde hace más de diez años integro una mesa de póker. Somos seis participantes (permítaseme no revelar sus nombres) que una vez por semana (permítaseme no revelar qué día) nos reunimos (permítaseme no revelar la dirección), con el lúdico propósito de pasar algunas horas con barajas, tabaco y alcohol, todo felizmente dosificado. Por supuesto, jugamos por dinero (permítaseme no revelar la cantidad), pero no es precisamente el dinero lo que nos motiva a encontrarnos sistemáticamente semana a semana. Alguien podría argumentar que constituimos un "grupo de pertenencia", giro o definición que se ha puesto de moda. Yo prefiero decir que es una honrosa reunión de amigos.
Acabo de utilizar un adjetivo: honrosa. El honor es condición primordial en toda mesa de juego. Balzac en su novela La Piel de Zapa presenta al joven Rafael de Valentín, un jugador compulsivo que está a punto de arrojarse al Sena después de perder su último napoleón de oro en el Casino. A Rafael sólo le queda el suicidio: cuando se sabe incapaz de pagar sus deudas de juego, quitarse la vida es el único camino posible para limpiar su honor. Balzac era un jugador empedernido, no hay noticia de que haya intentado suicidarse por una deuda impaga, pero en La Piel de Zapa supo contar qué fantasmas habitan la mente de un jugador, toda vez que los dioses no le son propicios. Dostoievski, otro grande de la literatura y del juego, también escribió una novela con esos fantasmas. El Jugador, se llama. El dinero que ganó con ella lo perdió durante una mala noche en el Casino de San Petersburgo. ¡Alabados sean los dados y las cartas si de sus gracias o sus desgracias se gesta la gran literatura!
De deudas sagradas y jugadores indignos
"Las deudas de juego son sagradas." Esta sentencia, que debería cumplirse devotamente, es ignorada por los jugadores indignos. Lamentablemente, los hay. Una tarde de hace unos años un escritor que además jugaba al póker (reservaré su nombre, aunque íntimamente tengo ganas de gritarlo a los cuatro vientos) me invitó a una partida que se disputaría en su casa. Faltaba un quinto jugador, me preguntó si yo conocía a alguien. Le dije que sí e invité a uno de los que integran nuestra mesa semanal. Mi amigo y yo llegamos a la hora convenida y cumplimos con las normas del canon: presentación de los que iban a integrar la mesa, reglas a seguirse, hora de comienzo, hora de cierre y valor de la caja. El anfitrión oficiaba de banquero, distribuyó las fichas y comenzó la partida. A la hora establecida cerramos la mesa y cada uno contó sus fichas, las mías alcanzaron para pagar las cajas que había comprado. El anfitrión no tenía fichas para canjear: había perdido una suma considerable. Mi amigo fue el gran ganador de esa noche. Llegó el momento de cobrar las apuestas. El anfitrión confesó que no contaba con efectivo y, ¡maldito sea!, tampoco encontraba su libreta de cheques. Prometió enviarle la plata a la mañana siguiente. El póker es un juego de caballeros, pero no todos los jugadores de póker son caballeros. Desde hace años, mi amigo continúa esperando que aquel mal jugador pague su deuda. Aún no lo ha hecho. Más allá del dinero, ese hombre perdió su honor. Por lo que sé, nunca pensó en suicidarse, como el personaje de Balzac; tampoco escribió, como Dostoievski, una novela en la que hablara de ese honor perdido.
Las deudas de juego son sagradas. En base a ese concepto se articuló una frase que hoy oímos hasta el cansancio: "Hay que honrar la deuda", repiten muchos de los que pacientemente provocaron esa deuda. Es preciso no confundir el dinero perdido durante una honesta timba privada con el dinero despilfarrado a lo largo de esa timba pública que comenzó con la última dictadura militar y tuvo su mayor auge, de pérdida, durante la administración menemista y el desastre delarruista. A lo largo de esos años se jugó con otras cartas y otras apuestas, sus funcionarios fueron como aquel croupier que conocí en el Casino de Las Palmas de Gran Canaria: sólo los movía el dinero, jugaban sin dignidad ni honor, elementos fundamentales, de cita obligada, en las buenas mesas de póker. Las deudas de juego son sagradas, pero ¿es lógico honrar una deuda que nació deshonrada?
Por: Vicente Battista
Vicente Battista nació en Buenos Aires en 1940. Ha publicado cuatro libros de cuentos: Los muertos, Esta noche reunión en casa, Como tanta gente que nada por ahí y El final de la calle, y cuatro novelas, El libro de todos los engaños, Siroco, Sucesos Argentinos y Gutiérrez a secas. Obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes, el Casa de las Américas, el Planeta de Argentina y el Primer Premio Municipal de Literatura.




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