Rodaron con fuerza sobre la mesa cubierta de fichas, chocaron con cierta violencia contra el marco de madera y volvieron, más lentamente, al tapete hasta detenerse definitivamente. Los negros puntos de sus caras sumaban: ¡siete!Un incontenible estallido de júbilo y sorpresa surgió de las personas que rodeaban la mesa y el jugador. Muchas manos lo palmearon, felicitándolo, había logrado el impresionante récord de treinta y seis pases seguidos.
El jefe de sala y el crupier se miraron indiferentes. El primero de ellos dijo con circunspección;
--La mesa está cerrada. Ha saltado la banca,-- y dirigiéndose al jugador—Por favor, pase por tesorería.
Como durante toda la noche, no pronunció una palabra y, asintiendo con el gesto, se retiró de la mesa entre los comentarios de las mujeres y la envidia de los hombres. A pesar de la enorme cantidad que había ganado de lo notaba triste, reconcentrado.”Debo hallar la forma”, pensó,”tiene que haber un modo de terminar con esto.¡ Cargarlos, cargar los dados!¿Cómo ni se me ocurrió antes?
Con infinita paciencia se dedicó a realizar la tarea que se había impuesto. Tenían que quedar perfectos. Cuando concluyó su trabajo suspiró satisfecho. Nadie, absolutamente nadie, podría notar la diferencia.
Como la noche anterior, y tantas noches atrás, ocupó su lugar en la mesa. A su turno, el crupier la ofreció los dados. Los tomó. Los sopesó un momento y luego con su habitual habilidad los arrojó. Cuando se aquietaron, casi en el centro del tapete, el seis y el cinco le anunciaron su primer pase. Con una amarga sonrisa recogió los pequeños cubos de marfil y volvió a arrojarlos, nuevamente ganó. Siguió como un calco la rutina de la velada anterior.
Cuando llegó a la instancia final, al tiro que iba a concretar los treinta y seis pases, con todo sobre el tapete, una verdadera fortuna, con premeditada lentitud tomó los dados y con un seco y breve movimiento, los arrojó con inusitada fuerza. Tan inusitada que, rebotando en el tablero, al volver cayeron fuera de la mesa. El estupor y el asombro impidieron al crupier reaccionar para recuperarlos. Murmurando una disculpa, el jugador de agachó y recogiéndolos del piso, hizo subrepticiamente el cambio. Incorporándose miró al jefe de sala como pidiendo autorización para proseguir. Éste, meneando la cabeza, asintió.
“Está hecho”, pensó, “al fin va a terminar esto”. Inspiró profundamente, hizo saltar levemente los dados en su palma y con displicente seguridad los arrojó.
Nuevamente el estallido de los que rodeaban la mesa. En el centro del tapete, otra vez, un cuatro y un tres. Siete. Había ganado. No escuchó nada, sabía de memoria las rituales palabras del jefe de sala. Giró sobre si mismo y fue hacia la tesorería.
Sentado a su escritorio, “el gerente” lo recibió con una amplia sonrisa.
--¿Otra vez a las andadas? Parece que nunca vas a aprender ¿No? Bueno, en realidad eso es parte de tu castigo. Por el juego sumiste en la miseria a tu familia, a los que dependían de vos y después pensaste escapar con un balazo en la sien. Como un cobarde. Quisiste escapar. Pero de acá no se puede. Acá vas a ganar siempre, por toda la eternidad; No podés escapar! Este es tu castigo. Y este... es el Infierno.
Autor: prof. Roberto Reynoso




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